miércoles, 26 de junio de 2013

Campanas de Teror. Contribución al estudio y catalogación de las campanas de Gran Canaria (II)

Viene de: Campanas de Teror. Contribución al estudio y catalogación de las campanas de Gran Canaria (I)

4. EL OFICIO DE CAMPANERO:

En las parroquias rurales eran los sacristanes quienes, junto con los monaguillos o monigotes, tenían a su cargo el tañido de las campanas, función que ya aparece regulada en las Constituciones Sinodales del obispo Cámara y Murga (1631):

«Ordenamos y mandamos S.S.A. que los sacristanes sean obligados a tañer las campanas, o poner quien las toque, a todas las Horas que se dixeren en las Iglesias»[1]

Se insiste, además, en la necesidad de guardar y conservar los toques y tañidos propios de cada lugar o parroquia, fruto de la costumbre y de acuerdos consuetudinarios. Así lo señala el propio Cámara y Murga al recalcar la obligación de que «se guarde la costumbre que tienen las iglesias, sin que nadie se atreva a mudarlas ni alterar cosa alguna en ello, si no fuere por causa necessaria y con acuerdo de todos, si huviere muchos». De la misma manera, se expresa años antes el obispo Francisco Martínez de Ceniceros, al subrayar la obligación que tenía el sacristán de la Parroquia del Salvador de Santa Cruz de La Palma de respetar «la costumbre de la tierra» (Caballero Mujica, 1996, 259). Y es que el libre albedrío o interpretación en el número y manera de dar los tañidos generaba conflictos y murmuraciones entre los parroquianos. Así, el mismo prelado denuncia el «mucho desorden» observado en los toques y dobles de difuntos, cuyo número y ceremonial estaba sujeto al capricho del sacristán menor, ya que doblaba «con más solemnidad al que mejor se lo paga». Por esta misma razón, prohíbe al sacristán doblar por los difuntos sin haberse informado primero de la solemnidad de los oficios que se han de hacer, al objeto de evitar fricciones y querellas, bajo pena de perder lo que hubiese de percibir por tal enterramiento (Caballero Mujica, 1996, 193-194).
Por su parte, los campaneros catedralicios estaban obligados a tocar las campanas conforme a las órdenes recogidas en la tabla general del Cabildo o pandectas, función por la que recibían un total de 6000 maravedís y 12 fanegas de trigo de salario a comienzos del siglo XVI (Quintana Andrés, 2003, 557). El primer campanero del que tenemos noticia es Fernando Tejedor, a quien se nombra campanero de la Catedral de Las Palmas, el 19 de marzo de 1520:

«Se nombra campanero a Fernando Tejedor, no sólo con la obligación de tañer según su pandecta, sino también de barrer y regar cada tercer día la Iglesia, con el salario de seis mil maravedises y un cahíz de trigo» (Viera y Clavijo, 2007, 39).

Posteriormente, el oficio de campanero será copado por la familia Sánchez, quienes ocuparán el cargo durante algo más de siglo y medio. De esta manera, sabemos que Alonso Sánchez, perrero titular, ejerció como campanero y relojero durante los años 1621 a 1639. Lo sustituyó su nieto, Bartolomé Sánchez, ejerciendo la misma función hasta su muerte en 1707 (Quintana Andrés, 2003, 558). Por su parte, al presbítero y campanero Francisco Sánchez Losada, debemos la recopilación y traslado del contenido de la antigua pandectas, por la que se establecían y regulaban los diferentes toques de la catedral. Fruto de su labor compiladora son dos manuscritos nominados con los títulos de «Derrotero para el gobierno del campanero en todas las funciones del año, así diarias como movibles e irregulares» y «Modo de tocar al coro diariamente en la Catedral de Canaria», ambos documentos han sido publicados por Manuel Rodríguez Mesa (Rodríguez Mesa, 1994, 209-222).
Por su parte, el primer sacristán terorense del que se tiene noticia fue Luis Sánchez El Viejo, quien además tuvo a su cargo ―como era habitual― el cuidado y aseo de la iglesia, la seguridad y decencia de los ornamentos, el control de capellanías y memorias de misas, la lectura de los mandatos y la enseñanza de la doctrina cristiana. Servirá en la parroquia durante al menos cuarenta años, desde finales del siglo XVI a comienzos del XVII. Su memoria aún se mantenía viva casi ochenta años después de su fallecimiento, pues se le cita en la conocida como Información de la caída del Pino de la Virgen (Trujillo Yánez, 2012, 108 y 125).


Figura 4.1. Detalle de la escalera de acceso de la torre de la Basílica del Pino, y de los orificios practicados en los peldaños para permitir el paso de las sogas que accionan los badajos de las campanas. 

5.   LA EPIGRAFÍA Y LOS NOMBRES DE LAS CAMPANAS:

La práctica totalidad de las campanas presentan sobre su superficie una serie de inscripciones que suelen aludir a la advocación particular de Cristo, Virgen o santo a quien se dedica. También otros datos como el año y lugar de fundición, el nombre de quien encarga la pieza, el del párroco o el del maestro fundidor. Además de frases piadosas, que en ocasiones permiten datar una pieza. En definitiva, cada una de ellas nos transmite un mensaje diferente, reflejando en ocasiones ciertos códigos sociales (Alonso Ponga y Sánchez del Barrio, 1997, 50-62).
Salvador Mollà i Alcañiz distingue tres funciones en la escritura de las campanas. La primera de ellas es la función de representación, generalmente de quien ordena, paga, o es autoridad en el contexto social en que desarrolla su función la inscripción. En todo caso suele tratarse de una escritura de aparato, dado que atañe a las élites sociales de la comunidad. Junto con ésta, existe una función religiosa o litúrgica, que para determinadas épocas como la Edad Media o el Renacimiento, se puede ampliar a protectora o mágica. Finalmente, la epigrafía de las campanas posee una finalidad o función decorativa, demostrable al observar cómo se emplean determinadas letras o frases a modo de «relleno», de la misma que se emplean los letreros y cifras que lucen determinadas imágenes de devoción (Mollà i Alcañiz, 2005, 229). No obstante, como señala el propio autor la función de representación no parece ser primordial, ya que la posibilidad de leer las inscripciones de una campana se limitaban al momento de su fundición, en los instantes previos a su instalación en la torre o espadaña ―y una vez colocada de manera definitiva― a la visita puntual de algún campanero letrado o cualquier otra persona instruida. Por lo tanto, y si a estas circunstancias sumamos los altos índices de analfabetismo de otras épocas, fundamentalmente el mensaje de las campanas posee ―al menos durante los siglos XIII al XIX― una función simbólica. De esta manera, muchos de estos textos protectores o de oración, eran «activados» mediante el volteo o la acción de hacer sonar la campana.


Figura 5.1. Marca de fábrica e inscripción epigráfica en la campana de las horas de la Basílica del Pino: A EXPENSAS DE / DON DIEGO DOMINGUEZ SILVA (1942).

Desde un punto de vista formal, las inscripciones suelen aparecer remarcadas por cordones, a la altura del tercio o en el medio y medio pie de la campana. Estas frases son realizadas por los campaneros mediante letras de molde, según las instrucciones recibidas por el sacerdote, mayordomo o persona que encargaba la pieza de turno. En todo caso, como ya se ha encargado de señalar Mollà i Alcañiz, la ubicación del texto no es casual, al existir una gradación de la importancia del mensaje epigráfico en función de su localización, el tipo de letra utilizado y el tamaño de la misma. De esta forma, se constata como los textos litúrgicos o de mayor contenido simbólico se colocan en el tercio, mientras que los demás se reparten por el resto de la campana (Mollà i Alcañiz, 2005, 233-234). Sirva como ejemplo el caso de la denominada campana de las horas o del reloj, cita en la Parroquia del Pino, en cuyo tercio figura la frase propiciatoria de “VIRGEN DEL PINO RUEGA POR CANARIAS AÑO 1942”, mientras que la mención a su donante ―“A EXPENSAS DE / DON DIEGO DOMÍNGUEZ SILVA”― aparece próxima al medio pie de la pieza.
Por lo que respecta a las campanas objeto de nuestro estudio, dado el escaso número de ellas y lo restringido de su localización geográfica, cualquier tipo de consideración que no vaya más allá de su simple descripción, nos parece aventurada. De esta manera, podemos adelantar cómo en la gran mayoría de las ocasiones las inscripciones se limitan a informarnos sobre el autor, la fecha y lugar de procedencia de los bronces. Así sucede con piezas como la ya citada campana mediana de la Basílica del Pino: “ME HIZO JVAN MARIA ACOSTA HEN COMPANIA SEVILLA ANO DE 1829”, así como en la campana de la ermita de Ntra. Sra. de las Nieves: “OTERO AÑO DE 1816”, la perteneciente a la ermita de San Isidro: “J WARNER LONDON 1869”, o la campana pequeña (ca. 1918) de la iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, cuyo texto no nos ha sido posible descifrar de forma completa, pero de la que sabemos que fue fundida por Moisés Díez, tal como figura en el tercio de la pieza. En otros casos, al nombre del fundidor, fecha y localidad de origen de la campana, se une el de la advocación particular del templo, como sucede con los bronces ubicados en el monasterio del Cister: “SAN BENITO. / J. WARNER & SONS LONDON 1888”, “SAN JOSÉ / JOHN WARNER & SONS LONDON 1888” y “CAST BY JOHN WARNER & SONS LONDON 1888 / INMACULADA CONCEPCION”. En otros casos la mención al maestro campanero se limita a la marca de fábrica, tal como pudimos ver en el apartado anterior dedicado al oficio del fundidor. Más sucinta parece ser la inscripción de la campana procedente de la Parroquia de Ntra. Sra. de las Nieves (ca. 1943), ya que según hemos podido comprobar, se limita al nombre del benefactor de la iglesia, don José de Santa Bibiana Rodríguez: “JOSÉ BIBIANO” (Yánez Rodríguez, 2006).


Figura 5.2. Fecha de fundición (1862) del esquilón de la Basílica del Pino.

Por su parte, los textos de contenido simbólico o litúrgico son más escasos. Así, al ejemplo de la citada campana de las horas o del reloj arriba consignado, cabe sumar el que nos ofrece la denominada campana de los cuartos, con la que forma pareja. De esta manera, podemos leer la frase: “AVE • MARÍA • GRATIA PLENA MDCCLXIV”, letrero que nos remite al episodio de la Anunciación de María, así como a la fecha de fundición de la pieza, 1764. Precisamente, en esta campana abundan las referencias marianas, ya que en su parte media o cintura podemos observar un relieve de la Virgen María en su advocación de Ntra. Sra. de la Cinta, así como otros cuatro relieves o figuras de pinos, en clara alusión a la advocación particular de la parroquia (Trujillo Yánez, 2010, 110-111). De igual manera habría que considerar los textos que muestran las dos campanas traídas en el año 1923 a la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, bautizadas con los nombre de Corazón de Jesús e Inmaculada Concepción, respectivamente: “SACRATISSIMO CORDI IESU / ADVENIAT REGNUM TUUM / ANNO DOMINI MCMXXIII / ECCLESIAE ARBEJALES / IN DIOCCESI CANARIENSI” e “IMMACULATAE DEIPARAE CONCEPTIONI / TRAHE NOS VIRGO IMMACULATA / ANNO DOMINI MCMXXIII / ECCLESIAE ARBEJALES / IN DIOCCESI CANARIENSI”.


Figura 5.3. Relieve del Sagrado Corazón de Jesús e inscripción epigráfica en la campana de la iglesia homónima del barrio de los Arbejales, fundida por Pedro Dencausse (1923).

Por lo que respecta al nombre epigráfico de las campanas objeto de nuestro estudio, éste solamente figura en cinco de las piezas inventariadas. En todos los casos se corresponden con la advocación particular del templo o parroquia donde están instaladas las piezas. Así, ya pudimos ver cómo las campanas de la iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, en el barrio de los Arbejales, llevan los nombres de Corazón de Jesús e Inmaculada Concepción. Mientras que por su parte, los bronces pertenecientes al monasterio de la orden del Cister, figuran con las nominaciones de San Benito ―cuya regla rige la orden cisterciense― San José e Inmaculada Concepción. Finalmente, otro aspecto a tener en cuenta es el relativo al nombre o denominación popular de las campanas, cuyo registro resulta imprescindible, ya que debido su naturaleza intangible o inmaterial, corre serio peligro de desaparecer de forma irremediable. Dichas denominaciones suelen hacer mención al tamaño, forma y función de las piezas. Tal es el caso de las mentadas campana pequeña, campana mediana, campana grande o esquilón; así como el de la conocida como campana de los cuartos y la campana de las horas o del reloj. Otro ejemplo digno de mención, aunque en esta ocasión no pertenece a Teror, es el apelativo popular de La Ronca dado a una campana perteneciente a la Parroquia de Santa Brígida y fundida en Cádiz, en el año 1762, por el maestro Juan Pérez. En esta ocasión la denominación ha sido fruto del característico sonido o timbre de la pieza (Vega Rivero, 2005, 521-530).

6.   ICONOGRAFÍA Y MOTIVOS ORNAMENTALES:

La práctica totalidad de las campanas presentan sobre su superficie todo un conjunto de motivos decorativos y ornamentales, tales como cordones, cenefas, guirnaldas, escudos, sellos y otros adornos, cuya función puede trascender ―como también sucede con las inscripciones epigráficas― lo puramente estético. También en esta ocasión, y debido a lo restringido del estudio y al escaso número de piezas inventariadas, cualquier consideración que vaya más allá de la simple descripción formal del objeto, nos va a parecer aventurada e inútil. No obstante, y a la vista de las campanas con las que hemos trabajado, podemos confirmar algunas tendencias observadas en otros puntos de la geografía española. Así, al igual que sucede en otras regiones, es la cruz sobre pedestal o cruz de calvario el motivo iconográfico más representado. Situada generalmente en la cara exterior de la campana, su presencia en la pieza le otorga funciones apotropaicas o propiciatorias del bien. Cruces de calvario hemos podido observar en la campana de la ermita de Ntra. Sra. de las Nieves (1816), y especialmente en la llamada campana mediana obra de Juan María Acosta (1829), cita en la Basílica de Ntra. Sra. del Pino. Se trata de una gran cruz que ocupa todo el medio de la pieza ―en este caso está mal orientada, ya que mira hacia el interior del campanario― realizada con moldes cuadrados y triangulares de estrellas de ocho puntas.


Figura 6.1. Cruz de calvario en la campana mediana de la Basílica del Pino (1829).

Por su parte, la figura del Crucificado está presente en la pieza fundida por Moisés Díez que se encuentra en Arbejales (ca. 1918), así como en la ya citada campana de los cuartos, fundida por un maestro que nos es desconocido, en el año 1764. Precisamente esta última campana resulta de gran interés, debido a la gran riqueza de motivos iconográficos y ornamentales que presenta. Situada sobre el reloj de la Basílica del Pino, se trata, además, de la pieza más antigua que conserva la localidad. Sobre su cintura aún es posible advertir ―aunque algo desgastadas por el paso del tiempo― las figuras en relieve de la Virgen María y San Pedro Apóstol, además de un Crucificado y Santa Bárbara. En relación con la santa mártir ―abogada ante las tormentas y los rayos― conviene señalar que se trata de una de las iconografías más frecuentemente representada en este tipo de objetos. En este caso, ostenta los atributos que le son propios, como son la palma del martirio y la torre con tres ventanas sobre la que se apoya. Junto con ésta, una imagen de la Virgen sedente que tiene todos los visos de corresponderse con la advocación de Ntra. Sra. de la Cinta, pues aparece portando en una de sus manos una especie de cinta o cíngulo, objeto que hace referencia al episodio en el que la Virgen María ofreció una cinta o correa a Santo Tomás para persuadirle de su muerte y asunción. Separa a cada uno de estos cuatro bajorrelieves la silueta de un pino ―en clara alusión al árbol que da nombre a la advocación de Ntra. Sra. del Pino― coronado por una figura alada, que creemos se corresponde con la figuración del Espíritu Santo. Finalmente, es de destacar el relieve que representa al que fue primer Papa de la Iglesia Católica ―fácilmente reconocible por portar las llaves y el libro que le son propios― y cuya presencia podría estar aludiendo al que consideramos que pudo haber sido su posible oferente, el comerciante Pedro Russell. Dicho argumento se sustenta sobre el contenido que nos ofrece el oficio celebrado por su alma en la Parroquia de Teror ―con fecha de 18 de mayo de 1762― en el que figura en calidad de donante de una campana pequeña que podría corresponderse con la de los cuartos: «También trajo dicho señor don Pedro la campana que está en la torre, a la parte del Sur, que se dize la pequeña». De ser así, la pieza debió de haber sido trasladada desde su antigua ubicación a la actual (DOCUMENTO 5)[2]. Por el contrario, la comparación entre la data de la pieza ―1764― y la fecha del citado oficio ―1762― también podría ser considerada como un argumento en contra de nuestra afirmación.


Figura 6.2. Cenefas y guirnaldas suelen ubicarse en el tercio de muchas campanas.


Figura 6.3. Algunas campanas muestran asas con rostros o figuras antropomorfas. Las de la imagen corresponden a la campana grande (ca. 1850-1860) de la Basílica del Pino, así como a las piezas denominadas Corazón de Jesús e Inmaculada Concepción (1923) de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de los Arbejales.


Figura 6.4. Inscripciones epigráficas y motivos iconográficos de la campana de los cuartos (1764) sita en la Basílica de Ntra. Sra. del Pino. 

En otros casos, los motivos iconográficos no parecen tener una significación especial. Así ocurre con la mentada campana de las horas en cuyo medio hay una figura en relieve de San José con el Niño Jesús ―que siempre aparece asociada a la marca de fábrica del fundidor― así como una custodia flanqueada por ángeles, también habitual en la piezas de esta firma. Por el contrario, las figuras en relieve del Sagrado Corazón de Jesús y de la Inmaculada Concepción que lucen las campanas obradas por Pedro Dencausse (1923) se corresponden con las advocaciones particulares del templo donde están instaladas, así como con el texto y el nombre epigráfico de las piezas. Precisamente, ambos bronces destacan por sus ricos motivos ornamentales, entre los que caben destacar diferentes tipos de cenefas y guirnaldas con motivos vegetales. El empleo de este tipo de motivo decorativo también lo observamos en piezas como el denominado esquilón o en la campana grande de la Basílica del Pino. Dignas de mención son también las asas de figuras antropomorfas o zoomorfas, como las observadas en las citadas campanas del templo de Arbejales, así como en la mentada campana grande del templo del Pino.


Figura 6.5. Los cordones suelen distribuirse por diversas partes de la campana y son el motivo ornamental más recurrido o frecuente. Fotografía en detalle de los cordones que decoran el medio pie del esquilón de la Basílica de Ntra. Sra. del Pino (1862).





[1] Constitución decimatercia. Del oficio de sacristanes. Capítulo último. Que los sacristanes toquen las campanas, y no se ausenten de los lugares sin licencia, ff. 145-146.
[2] No fue esta la única ocasión en la que Pedro Russell se encargó de dotar de campanas a los templos y oratorios de la localidad. Sabemos de su compromiso de costear los bronces para las ermitas de San Vicente Ferrer y de Ntra. Sra. de las Nieves, obligación que desconocemos si fue llevada a efecto (Pérez Navarro, 18-20-24.08.1982).

martes, 25 de junio de 2013

Campanas de Teror. Contribución al estudio y catalogación de las campanas de Gran Canaria (I)

1.   EL ESTUDIO DE LAS CAMPANAS EN GRAN CANARIA. UN ESTADO DE LA CUESTIÓN[1]:

Aunque relegadas a un segundo plano, las campanas en sus diversas formas y tipologías forman parte del patrimonio histórico y artístico de cualquier templo o santuario. Como ha señalado acertadamente el especialista Josemi Lorenzo Arribas «no hay iglesia sin campanas y, de hecho, uno de los elementos estructurales de aquéllas, la torre o la espadaña, surgió con la única misión de sostenerlas» (Lorenzo Arribas, 2007, 2). Asimismo y hasta tiempos relativamente recientes, los toques de las campanas marcaron la vida cotidiana de nuestros antepasados, informándoles sobre las señales horarias, avisándoles de las convocatorias a los oficios religiosos, fiestas y solemnidades, y exhortándoles a participar en los acontecimientos civiles. Sin embargo, todas estas circunstancias contrastan enormemente con los escasos estudios dedicados a este tipo de piezas, pues a día de hoy no existe un trabajo monográfico sobre las campanas de Gran Canaria ―tampoco de las del resto del Archipiélago― salvo los pocos artículos publicados en la prensa, así como las escasas noticias existentes en las notas a pie de página o capítulos de libros sobre historia local o catálogos de arte religioso.
Las campanas existentes en las diferentes iglesias, ermitas y oratorios de Gran Canaria han captado la atención de cronistas y eruditos locales, quienes en la mayoría de casos han ofrecido noticias de interés sobre la construcción de la espadaña, campanario o torre de turno, así como del año de la colocación de sus campanas, además de datos relativos a su peso, precio, procedencia, y en menor medida, sobre el maestro fundidor o donante. En otros casos, han sido los diferentes toques de cada parroquia o santuario los que han sido recogidos y llevados al papel, haciendo constar la necesidad de dar a conocer y proteger este capítulo del patrimonio cultural inmaterial de la isla (Hernández Jiménez, 1991, 99-100) (Jiménez Sánchez, 03.12.1972) (Vega Rivero, 2005, 521-530). Todo ello sin olvidar su condición de motivo o inspiración literaria y musical. Así, en el plano literario caben destacar a autores de la talla de Benito Pérez Galdós, Tomás Morales, Domingo Doreste «Fray Lesco», o Francisco González Díaz ―entre otros muchos― quienes en mayor o menor medida dedicaron parte de su producción a estos bellos y evocadores objetos (Quintana Marrero, 10.05.1978, 12). Mientras que en el plano musical, sobresalen la obra para piano titulada «Campanas de Las Palmas» del compositor francés Camille Saint-Saëns; «Carrillón» del musicólogo Belga Gastón Knosp, inspirada en el toque o repique general de las campanas catedralicias de Las Palmas y publicada en la Enciclopedia y Diccionario del Conservador en 1908; o la más popular «Campanas de Vegueta» del poeta y compositor José María Millares Sall (Jiménez Sánchez, 03.12.1972), (Siemens Hernández, 1983, 236). Por su parte, los historiadores del Arte también se han ocupado de este tipo de piezas, aunque en mucha menor medida que los primeros, siendo muy pocas las referencias existentes en las publicaciones, manuales y catálogos de arte religioso editados hasta el momento. En consecuencia aspectos como las inscripciones epigráficas, junto con los motivos iconográficos y ornamentales de las campanas, apenas han suscitado el interés de los investigadores, siendo escasísimas las referencias que existen sobre este particular. Tampoco ha merecido especial atención el oficio de fundidor o campanero, siendo también muy escuetas las noticias que existen en torno a este asunto (Quintana Andrés, 2003, 557-558). Así, aspectos como la identidad y origen de los maestros fundidores que trabajaron o enviaron campanas al Archipiélago, los contratos de fabricación y de aprendizaje, o las técnicas y procesos de fundición de las piezas, aún permanecen inéditos en su gran mayoría. En este sentido, hay que significar el valor de colecciones como Fontes Rerum Canariarum (Tarquis y Vizcaya, 1959) o las recopilaciones llevadas a cabo por Manuel Lobo Cabrera (Lobo Cabrera, 1981 y 1993) quienes han publicado interesantes documentos para la Historia del Arte en Canarias, entre los que caben destacar los referentes a las campanas y al oficio de maestro fundidor.
Sin menospreciar la labor llevada a cabo por otros investigadores, destacamos las aportaciones realizadas por estudiosos de la talla de Santiago Cazorla, quien se refirió a los bronces de la Catedral de Canarias, indicando de forma pormenorizada los diferentes acuerdos del Cabildo Catedral para dotar de campanas al templo ―tras la desaparición de las campanas originales, a manos de las huestes del corsario holandés Van der Does, en 1599― junto con la denominación y precio de las piezas, su peso, procedencia, gastos ocasionados con motivo de su traslado y acarreto, así como los diversos pagos realizados a los trabajadores y oficiales encargados de su colocación ―entre un largo etcétera― si bien, aspectos como la identidad de los maestros fundidores o los motivos decorativos e inscripciones que las adornan brillan por su ausencia (Cazorla León, 1992, 331-338). A los bronces de Santa Ana también se refieren los historiadores del Arte, Carlos Rodríguez Morales y Jesús Pérez Morera, en el breve capítulo que dedican a las campanas, del segundo tomo de la colección Historia Cultural del Arte en Canarias (Rodríguez Morales y Pérez Morera, 2008, 214). De los aspectos formales, inscripciones e identidad de los fundidores de las mentadas campanas del templo catedralicio, se ocupan en su completísimo ―y menos conocido― estudio, los investigadores Francesc Llop i Bayo y Mari Carmen Álvaro Muñoz, cuyos resultados se encuentran publicados en la página Web de los campaneros de la Catedral de Valencia[2]. Igualmente importante es el trabajo de Manuel Rodríguez Mesa dedicado a los toques del templo de Santa Ana, quien transcribe y da a conocer dos manuscritos anónimos: el denominado «Derrotero para el gobierno del campanero en todas las funciones del año, así diarias como movibles e irregulares» y el «Modo de tocar al coro diariamente en la Catedral de Canaria». La autoría de ambos documentos fue obra del campanero y presbítero Francisco Sánchez Losada, quien el 6 de enero de 1722, se encargó recopilar y trasladar el contenido de la antigua pandectas en la que se establecían y regulaban los diferentes toques de la Catedral (Rodríguez Mesa, 1994, 209-222). De estos mismos toques y del oficio de campanero catedralicio ―ostentado durante generaciones por los miembros de la familia Sánchez― también hace mención el historiador Pedro Quintana Andrés, en sus trabajos dedicados al Cabildo Catedral de Canarias (Quintana Andrés, 2003, 557-558), (Quintana Andrés, 2006, 181-216). Igualmente, en relación con los toques de campana ―aunque en esta ocasión se hace referencia a los toques privativos de la ermita de Santiago e iglesia de la Concepción de Valverde― hay que ponderar el artículo de Manfred Bartman, quien hace un estudio comparativo y plantea interesantes hipótesis entre los toques de campanas y la música tradicional herreña (Bartman, 1999, 115-144). De la misma manera, tampoco faltan noticias sobre la labor de los campaneros del templo de Santa Ana ―quienes en muchas ocasiones también ejercieron como relojeros o fuellistas― en los estudios que dedica a la música de la Catedral de Las Palmas, la estudiosa Lola de la Torre, quien se ocupó de transcribir todos los acuerdos del Cabildo Catedral relacionados con su actividad musical, desde el año 1514 hasta 1844 (De la Torre, 1995 a 2006), (De la Torre y Díaz Ramos, 2007-2008). También es digno de mención el artículo que dedica a las campanas de la iglesia de San Juan Bautista de Arucas, el cronista Pablo J. Vélez Quesada, quien además de ofrecernos noticias sobre las piezas históricas del templo, gastos de mantenimiento, lugar y procedencia, también se preocupa por describir sus aspectos formales, haciendo alusión a los letreros y motivos ornamentales que lucen (Vélez Quesada, 1995, 32-38). O las noticias que Francisco Morales Padrón y Pedro Vega Rivero aportan sobre las campanas del templo parroquial de Santa Brígida (Morales Padrón, 2004, 251-318) (Vega Rivero, 2005, 521-530). Finalmente, hay que señalar la reciente contribución de Vicente Benítez Cabrera, quien en el marco del XX Coloquio de Historia Canario-Americana, ha dado a conocer la que con bastante posibilidad podría ser la campana más antigua de Gran Canaria, datada en el año 1527, perteneciente a la parroquia de San Pedro de Bañaderos, en el ya aludido municipio de Arucas (Benítez Cabrera, 2012, En Prensa) y (Morote Medina, 08.04.2012, 59).
Por su parte, desde los ámbitos de la musicología, la arqueología y la etnografía, hay que tener en cuenta los estudios dedicados a los litófonos o formaciones rocosas que por sus especiales características y disposición, suplieron ―cuando éstas faltaban― el toque de las campanas, dando lugar a la creación de topónimos tan sugerentes como La Campana, Roque de la Campana, Piedra de la Campana, Cueva de la Campana, Risco de la Campana o Lomo de la Campana, entre otros muchos (Álvarez Martínez y Siemens Hernández, 1985-1987, 285-289), (Rodríguez Fleitas, 1999, 23-32).
Por lo que se refiere a la localidad de Teror ―de la que ofrecemos el inventario de sus respectivas campanas― el panorama no difiere del visto en el resto de la isla, ya que las noticias sobre los bronces existentes en su territorio, también se limitan a hacer constar la fecha, precio, procedencia y otras circunstancias de la pieza en cuestión, siendo inexistentes las referencias a sus aspectos simbólicos y formales ―icnografía― e inscripciones epigráficas, entre otros asuntos que consideramos de especial interés. Así, es posible encontrarnos con sucintas referencias a las campanas de los templos históricos del término municipal, destacando las aportaciones ―ya clásicas― de José García Ortega (García Ortega, 1936), Gregorio Florencio Rodríguez (Rodríguez, 1963), Ignacio Quintana y Santiago Carzola (Quintana y Cazorla, 1971) y de la religiosa Sor Esperanza Viera (Viera Déniz, 1988). Así como las publicaciones más recientes de Vicente Hernández Jiménez y Julio Sánchez Rodríguez (1995), María de los Reyes Hernández Socorro y José Concepción Rodríguez (Hernández Socorro y Concepción Rodríguez, 2005), José Luis Yánez Rodríguez (Yánez Rodríguez, 2006) y del mentado Julio Sánchez Rodríguez, ahora en solitario (Sánchez Rodríguez, 2008). Destacable es el capítulo que dedica a las campanas de la Basílica del Pino el citado Vicente Hernández, quien anota algunos de los toques privativos de la parroquia, así como su papel destacado durante la epidemia de cólera morbo de 1851, o durante los incidentes relacionados con la llamada Galería del Fonduco, en 1934 (Hernández Jiménez, 1991, 99-100). Precisamente, en relación con los toques de la iglesia, son de notar las referencias que aporta el capítulo que Vicente Suárez Grimón dedica a las costumbres y derechos parroquiales, anotados por el párroco de Teror Agustín Cabral y Jaymes, durante los últimos años del siglo XVIII y comienzos del XIX, consultables en la obra colectiva El Pino. Historia, tradición y espiritualidad canaria (Suárez Grimón, 2002, 393-404). Finalmente, por nuestra parte hemos tenido ocasión de contribuir en el estudio de las campanas de esta localidad, con la publicación de una ficha catalográfica dedicada a la denominada «campana de los cuartos» una pieza inédita perteneciente a la Basílica de Ntra. Sra. del Pino, fechada en 1764, además de aportar los nombres de los maestros fundidores y otros datos de interés hasta ahora muy poco conocidos sobre el resto de bronces de este municipio (Trujillo Yánez, 2010, 110-111).
En el resto del territorio español, y aunque en palabras del ya aludido Lorenzo Arribas, aún faltan estudios sistemáticos y exhaustivos en determinadas regiones, el estado de la investigación y del conocimiento sobre este capítulo del patrimonio cultural, se encuentra mucho más avanzado que en el Archipiélago Canario. Así, entre las comunidades autónomas más estudiadas, destaca sobre el resto la de Castilla y León, algunos de cuyos títulos más importantes se deben al ya mencionado Llop i Bayo, quien en compañía de otros autores dedica un trabajo a las campanas y campaneros de Salamanca (1986); también el consagrado a los maestros campaneros y campanas de Valladolid y su provincia, durante los siglos XVI al XVIII, de Marcos Villán y Miguel Hernández (1998); el trabajo sobre las campanas de las catedrales de Castilla y León, de Sánchez del Barrio y Alonso Ponga (2002); a su vez autores del magnífico catálogo de la colección Quintana en Urueña, que se expone en la Fundación Joaquín Díaz[3] (Alonso Ponga y Sánchez del Barrio, 1997); el libro dedicado a las campanas de la provincia de Soria, de José Ignacio Palacios Sanz (2007); así como la recensión que Lorenzo Arribas hace de este último título, en la que se plantean muchos asuntos de interés relacionados con el estudio de las campanas (Lorenzo Arribas, 2007)[4]. En el campo de la epigrafía y de las inscripciones que muestran las campanas sobre su superficie, son obras de referencia los trabajos y aportaciones de Salvador Mollà i Alcañiz (Mollà i Alcañiz, 2005, 229-241), quien además dedica un libro a las campanas góticas valencianas (2001). A todos ellos habría que añadir los títulos de las actas del I Congreso Nacional sobre Campanas, editadas por la fundación Marcelino Botín en 1997 y coordinadas por Francisco José Guerrero Carot y Eloy Gómez Pellón. Asimismo, digna de mención es la labor desarrollada por el gremio de campaneros valencianos, quienes a través de su página Web, están llevando a cabo un inventario de los maestros fundidores y campaneros del resto del territorio nacional, junto con un completo registro de los toques ―en formato vídeo y MP3― así como de las matracas, relojes o cuadrantes solares de las principales catedrales de España, amén de las novedades bibliográficas relacionadas con estos objetos. Precisamente a esta institución se debe la organización del I Congreso Internacional de Campaneros de Catedrales de Europa, celebrado en Valencia durante los días 13 al 15 de diciembre de 1991, cuyas actas fueron publicadas en 1996. Entre los resultados más destacables de esta reunión cabe destacar la elaboración de un decálogo o conjunto de recomendaciones de aplicación en el conocimiento, difusión y salvaguarda de este singular capítulo de nuestro legado cultural. Así, tras manifestar que las campanas, sus instalaciones y sus toques forman parte de nuestro patrimonio, además de evidenciar su frágil estado de conservación ante el abandono de las torres o templos que las acogen, la electrificación incontrolada y la desaparición de los toques tradicionales; se señalan las siguientes conclusiones:

  1. La campana no se limita a la copa o pieza de bronce, sino que su instalación ―yugos y cabezales de madera, así como su ubicación en la torre― forma parte consustancial y del mismo interés histórico, sonoro y cultural.
  2. Los toques son parte indisoluble de las campanas y de su instalación, y también son un Bien Patrimonial. Deberán conservarse, protegerse y divulgarse los modos de tocar, amparando a los campaneros tradicionales.
  3. Los conjuntos tradicionales de campanas deberán ser considerados como un hecho patrimonial y tratados y restaurados con el mismo respeto que cualquier obra de arte.
  4. Se fomentará el toque manual, limitando las electrificaciones a lo mínimo necesario. Las motorizaciones de las torres y campanarios tradicionales deberán realizarse asegurando el mantenimiento integral de la instalación antigua (badajos, ubicación, yugos de madera) y permitiendo la realización de toque manuales. Asimismo, la mecanización debe reproducir los toques tradicionales para los que fue concebida la torre.
  5. Las campanas antiguas rajadas o deterioradas no deberán ser refundidas sin un estudio previo, aplicando la soldadura en caso de campanas de alto valor histórico, epigráfico, documental o cultural.
  6. Debe tenderse a la armonización musical de las campanas, realizando las nuevas de manera que su timbre sea coherente con el de las existentes en la torre. Además, los nuevos conjuntos deben ser armónicos y bien afinados entre sí, teniendo cada una de las campanas el mismo timbre del conjunto.
  7. Cualquier modificación, separación, restauración de campanas históricas o de nuevas campanas deberá ser autorizada, supervisada y dirigida a través de la Comisión Mixta Iglesia-Administración correspondiente. En consecuencia no podrá realizarse ninguna actuación sin el correspondiente proyecto, autorizado por las autoridades competentes y supervisado por los técnicos correspondientes e independientes de las empresas.
  8. Es inaplazable la catalogación de todas las campanas, religiosas o civiles, públicas o privadas de todas las Comunidades Autónomas del Estado Español, con todos los datos y características a ellas referentes. Para la elaboración de ese inventario deberán coordinarse las distintas administraciones para propiciar un rápido conocimiento y una inmediata protección de nuestras mejores campanas.
  9. Deberán incoarse para todas las campanas existentes hasta el siglo XVII, expedientes individuales de declaración de Bien Mueble de Interés Cultural, mientras que al menos las campanas fechadas entre los años 1701 y 1820, deberán ser incluidas en un Inventario General.
  10. La protección legal de las campanas debe completarse con la apertura de las torres para que todos, y especialmente las nuevas generaciones, puedan disfrutar observando y escuchando en directo paisajes y campanas. De manera especial, y para asegurar el futuro de las campanas y sus toques, se deberán abrir las torres a los colegios, creando escuelas de nuevos campaneros.

2.   METODOLOGÍA:

La metodología que hemos seguido en el presente trabajo es la habitual en este tipo de investigaciones. Así, tras la revisión de la bibliográfica específica sobre nuestro objeto de interés, hemos llevado a cabo una búsqueda en el archivo municipal de la localidad de Teror ―especialmente de sus libros de actas― así como en sus dos principales archivos parroquiales, a saber: el perteneciente a la parroquia de Ntra. Sra. del Pino, cuyo primer libro de fábrica data del año 1558, así como del más reciente del Sagrado Corazón de Jesús, en el barrio terorense de los Arbejales, cuya documentación más antigua se remonta al año 1913. Asimismo, hemos consultado los correspondientes libros de mayordomía e inventarios pertenecientes a las ermitas de Ntra. Sra. de las Nieves (1666-1904) y San Isidro (1684-1793), así como el libro de cuentas del Monasterio del Cister (1888) custodiados en el mentado archivo parroquial del Pino. La importancia de este tipo de documentación queda fuera de toda duda, pues como se sabe los gastos de inversión en el mantenimiento de las campanas ―sogas, yugos, badajos y otros aparejos― fueron siempre continuos y constantes, además de contener ―cuando era la propia parroquia quien financiaba su compra― la fecha, precio y otras circunstancias sobre la llegada de nuevas campanas al templo. En otra fase del proyecto será necesario acudir a los protocolos notariales, ya que nos pueden aportar información complementaria a la que nos ofrecen las fuentes municipales y eclesiásticas, como son contratos de aprendizaje o el encargo de campanas, entre un largo etcétera. No obstante, buena parte de la información la aportan las propias piezas, por lo que se hace indispensable la visita in situ a la torre o campanario de turno. Por lo tanto, tanto la recogida de datos como la presentación formal de los mismos deben seguir un criterio científico. Para ello hemos elaborado una ficha de trabajo, en la que se incluye una parte escrita y otra gráfica, inspirada en el modelo que proponen los investigadores Llop i Bayo y Martín Noguera, consultable en la citada página Web del gremio de campaneros de Valencia[5]. De esta manera, en un modelo de ficha ideal deberían figurar los siguientes datos:

PARTE ESCRITA:

La parte escrita consta de:

Número de registro y fecha de realización de la ficha: Nos servirá para identificar cada una de las campanas que registremos.

Datos de localización y titularidad: En este apartado se tomará nota del municipio o localidad donde se encuentre el bien a inventariar, además de otros datos como la parroquia e inmueble en el que se encuentre, dirección, nombre del párroco y/o del personal encargado del templo, teléfono, fax y/o correo electrónico.

Autor, cronología y procedencia: La que nos ofrezca el propio objeto o la que nosotros le podamos atribuir.

Descripción física: En este bloque se anotarán datos tales como la tipología del objeto (en función de su perfil), su denominación epigráfica y tradicional, medidas (expresadas en cm.), material y técnica utilizada en su fabricación. Estos mismos datos serán aplicación al yugo que sujeta la campana, ya que debe hacerse mención de su tipología, materiales, técnica y dimensiones.

Toques y mecanismos para tocar: En apartado dedicado a los mecanismos de toque, se debe señalar si se realizan de forma manual o de manera mecanizada, indicando la posición y el artilugio utilizado. Además, se debe tomar nota de los toques tradicionales de cada una de las piezas.

Inscripciones: Se debe indicar la inscripción epigráfica transcribiéndola en su integridad, respetando la grafía original, sin desarrollar las abreviaturas y marcando el cambio de línea con una raya oblicua “/”. A continuación se desarrollarán las abreviaturas y se actualizará o traducirá el texto. Asimismo, se debe anotar la posición en la que se encuentra dicho texto, así como su tipografía, técnica e indicar si existen marcas de fábrica. Estas premisas son de aplicación al yugo, ya que es posible que también contenga algún tipo de inscripción.

Iconografía: Descripción detallada de los motivos ornamentales e iconográficos, indicando la posición que ocupan en la campana.

Finalmente, también debe hacerse mención al estado de conservación del objeto, así como a las referencias bibliográficas y documentales relacionadas con él, su posible valoración como Bien Mueble de Interés Cultural, además de otros aspectos que deseemos añadir tales como las condiciones de seguridad y accesibilidad a la torre o espadaña, entre otros.

PARTE GRÁFICA:

La parte gráfica debe constar de:

Croquis de conjunto: En el que se debe indicar la posición de las campanas en su ubicación, numerándolas de menor a mayor, con las medidas aproximadas de ventanas y muros del campanario y el acceso a la sala.

Fotografías: Tantas como sea posible para documentar la epigrafía, motivos ornamentales, iconografía y estado de conservación del conjunto. Se deben obtener al menos dos instantáneas de cada campana: una de conjunto y otra de detalle, así como otras dos del campanario, una de conjunto y otra del exterior.

No obstante, conviene tener presente que la toma de datos puede verse seriamente dificultada ―cuando no impedida― por el difícil acceso que presentan muchas espadañas o campanarios, ya sea por la falta de mantenimiento de sus escaleras o por lo inseguro de su acceso ―en el caso de muchas ermitas, a través de la cumbrera de la techumbre, entre tejas no siempre seguras― ya por la palomina o deposiciones acumuladas sobre las propias campanas. En otras ocasiones, su emplazamiento inaccesible conlleva la necesidad de contar con el concurso o colaboración de profesionales de la escalada, lo que no siempre puede ser posible, debido al enorme costo que supondría este tipo de operaciones. Además, a todos estos impedimentos debemos sumar lo complicado que resulta obtener buenas fotografías, tanto por la falta de ángulo, la estrechez de los campanarios, como por la posición del Sol. Y es que como ya se han encargado de señalar otros autores, al ser el campanario el punto más alto, suele producir un incómodo contraluz que impide la obtención de instantáneas de calidad (Lorenzo Arribas, 2007, 17).


Figura 2.1. Las deposiciones de palomas y el difícil acceso a algunas torres y espadañas, dificultan el estudio y catalogación de las campanas. La pieza en cuestión, gravemente afectada por la palomina ―conocida con el apelativo de la campana grande y consagrada con el nombre de La Antigua― pertenece a la Catedral de Las Palmas. Obra de Peeter van den ghein, fue traída en el año 1600 desde Flandes, tras el ataque del corsario Pieter van der does.

Finalmente, conviene tener siempre presente el carácter de «objeto polisémico»[6] de la campana, así como la necesidad de tratarla de manera interdisciplinar, pues su estudio compete a diferentes materias muy diversas entre sí (musicología, acústica, arquitectura, historia, arte, iconografía, carpintería, metalurgia, etnografía o liturgia). No obstante, y teniendo en cuenta la formación del investigador, es necesario ―cuando no imperativo― centrarse en una o varias áreas de conocimiento, haciendo aportaciones más ocasionales en otras disciplinas. Por lo tanto y aunque el modelo que se propone arriba sería el ideal, a efectos prácticos la elaboración de una ficha excesivamente recargada de datos o ítems nos va a suponer el tener que hacer una considerable inversión de tiempo por cada una de las piezas que registremos, así como un aumento en los costes de los soportes donde custodiemos los datos. En la parte introductoria del presente estudio ya hicimos mención a los escasos trabajos dedicados a la epigrafía y motivos iconográficos de las campanas. Precisamente, éstos y otros aspectos de nuestro interés ―como son las prácticas rituales o las leyendas asociadas a las campanas― supondrán el objeto de interés de nuestra investigación presente y futura. No obstante, conviene tener presente algunas consideraciones previas. Así, desde el punto de vista de la ornamentación y la iconografía, dicho interés no debería limitarse a una mera descripción formal de los motivos ornamentales. Antes al contrario, tal como nos propone el especialista Salvador Mollà, es imperativo llevar a cabo un tratamiento estadístico de dichos motivos decorativos o iconográficos. Además, realizar un estudio de su evolución a través del tiempo, averiguar en qué medida se han visto influidos por la evolución de los estilos artísticos, el lugar que ocupan en la campana, los posibles cambios en las advocaciones y representaciones, la posible existencia de textos que describan o justifiquen las temáticas de las representaciones, además de posibles antecedentes librarios, escultóricos o pintados, son aspectos que también deberían estar presentes en un estudio de este tipo. Por otro lado, también conviene tener en cuenta las inscripciones del objeto, ya que nos van a permitir singularizar la campana ―pues en la mayoría de los casos nos aportan información sobre el maestro fundidor, su procedencia, cronología, denominación y patrocinador o promotores de la pieza― además de comprobar su posible relación con la decoración o motivo iconográfico de turno[7].
El total de piezas inventariadas asciende a veintidós. Así, hemos registrado dieciséis  campanas, cuya cronología abarca desde los siglos XVIII al XX; dos matracas de campanario, tres matracas de mano y una campanilla para la ceremonia del viático.


Figura 2.2. Una de las troneras o huecos de la espadaña de la ermita de Ntra. Sra. de las Nieves carece de campana.

3.   EL OFICIO DE FUNDIDOR:

Apenas se sabe nada sobre el oficio de fundidor de campanas en el Archipiélago Canario. Aunque desde muy temprano se conoce de la presencia de piezas procedentes de diversos lugares de Europa y América, así como del propio territorio nacional, también consta que hubo maestros fundidores naturales de las islas de los que sin embargo se conoce muy poco. Así por ejemplo, datos como su posible agrupación en linajes o su condición de profesionales itinerantes o semiestantes ―aspectos que se han documentado en otras áreas― además de los lugares y condiciones en las que se llevaba a cabo la fundición de las campanas, permanecen aún pendientes de estudios. Asimismo, tampoco existe un catálogo de los fundidores que trabajaron en las islas. En este sentido, tanto los protocolos notariales como los libros de fábrica y mayordomía de las parroquias son una fuente excepcional para conocer el quehacer de estos profesionales. De esta manera y por lo que respecta a los libros de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror, resulta frecuente encontrar anotados los gastos e inversión que se hacían en el mantenimiento y reparación de las campanas y campanarios (sogas, cabos, yugos, badajos o «lenguas» y otros aparejos). Entre los ejemplos más tempranos, se consigna el pago de dieciséis reales invertidos en la compra de una soga y otras cosas necesarias para la campana de la iglesia, en octubre de 1590 (Sánchez Rodríguez, 2008, 92). Más recientemente, anotamos el pago de un real de plata a favor de Juan de Quintana, maestro de mampostería, por componer los «togines»[8] de la torre de la iglesia parroquial[9]. O el pago de cuatro pesos corrientes a Diego Swanston y Compañía por un cabo para el mismo campanario, entre otros muchos ejemplos[10].


Figura 3.1. Firma y rúbrica del vecino de la Orotava, José Pérez Barreto (29.10.1782), perteneciente a una escritura otorgada ante el escribano José Domingo García de Aguilar, en la que se compromete a fabricar una campana para la ermita de Ntra. Sra. de Candelaria de Ingenio.


Figura 3.2. Firma y rúbrica de Francisco Quesada oficial del oficio de fundidor, así en bruto como de obra de limpia de campanas y demás tocante al dicho oficio y de estañería, en un protocolo de Jerónimo del Toro y Noble (08.01.1698).

Por su parte, en las ocasiones en las que se señala la compra de una nueva campana, no se suele hacerse mención a la identidad del maestro campanero. Así, durante la visita a la parroquia del obispo fray Juan de Alzolarás en 1570, se anota la cantidad invertida en la compra de la nueva campana, aunque sin hacer mención al fundidor:

«38.400 maravedíes que pagó al campanero por una campana que hizo, que pesa 332 libras, por 120 maravedís cada libra, porque la otra campana que se hizo se quebró. 3552 maravedíes por tres arrobas de metal que se dio al dicho campanero para quiebra y reparación de la dicha campana; montó la hechura de dicha campana 42.952 maravedís»[11].

Sólo en dos ocasiones se menciona el nombre de los maestros fundidores, aunque en ambos casos también es posible de que se traten de oficiales de herreros, a quienes también se les solían encargar trabajos de mantenimiento de las campanas. Tal es el caso de Francisco Hernández ―del que no se señala su profesión― pero que recibe seis tostones por el aderezo de la lengua de la campana en 1643 (Sánchez Rodríguez, 2008, 168). O el de Bartolomé Jiménez, del que tampoco existe mención a su oficio, y a quien se le gratifica con cinco reales en concepto de «gastos de la campana» fundida en 1565 (Sánchez Rodríguez, 2008, 44). Por lo tanto y a pesar de la abundancia de datos y noticias sobre la compra o trabajos de mantenimiento de las campanas, son las propias piezas conservadas quienes nos informan con mayor certeza sobre quiénes fueron sus fabricantes, bien sea a través de las marcas de fábrica ―en el caso de las piezas más recientes― o formando parte del propio mensaje epigráfico. Así, gracias a las marcas de fábrica hemos podido documentar la presencia de maestros fundidores como Pedro Dencausse (Barcelona, 1923) o de la empresa denominada Hijos de Benito Perea (Logroño, 1942). En otras ocasiones es el propio campanero quien reafirma su autoría haciendo constar su nombre, apellidos, fecha y localidad de origen de la pieza ―aunque sin emplear marca de fábrica― como sucede en el caso del fundidor británico John Warner (Londres, 1864) y de sus herederos a través de la firma John Warner and Sons (1888), o en el de Francisco Javier del Otero (Cantabria, 1816) a quien atribuimos la campana de la ermita de Ntra. Sra. de las Nieves, además del maestro palenciano Moisés Díez (ca. 1918).



Figura 3.3. Marcas de fábrica e inscripciones de Pedro Dencausse (Barcelona, 1923) en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Teror; y de Juan Mª Acosta (Sevilla, 1829) de la Basílica del Pino.

Por su parte, en la campana mediana de la Basílica del Pino, fabricada por el fundidor Juan María Acosta (Sevilla, 1829), se hace constar su participación mediante una frase o mensaje que ocupa todo el tercio de la pieza: “ME HIZO JVAN MARIA ACOSTA HEN COMPANIA SEVILLA ANO DE 1829”. Sin embargo, en otras ocasiones la atribución del bronce sólo es posible hacerla a través de la comparación de los motivos ornamentales e iconográficos que muestra sobre su superficie, al carecer de cualquier tipo de marca de fábrica o alusión a su autor, algo que sólo es posible cuando se tiene un buen número de campanas inventariadas. Así ha sucedido con la denominada campana grande de la Basílica del Pino, cuya atribución al fundidor Josep Calbetó (Barcelona, ca. 1850-1860) sólo ha sido posible gracias a la labor de catalogación llevada a cabo por el gremio de campaneros de Valencia ―con Francesc Llop i Bayo a la cabeza―  donde se citan al menos otras seis campanas salidas de sus manos[12]. Finalmente, del resto de bronces inventariados no existe mención documental o epigráfica sobre sus posibles fabricantes.






[1] Agradezco la colaboración, los comentarios y sugerencias de las siguientes personas: Vicente Benítez Cabrera, Juan Carrasco Lezcano, José Concepción Rodríguez, Francisco Grimón Navarro, María de los Reyes Hernández Socorro, Juan Sebastián López García, Santiago de Luxán Meléndez, Salvador Mollà i Alcañiz, Sergio Nuez Ramos, Francesc Llop i Bayo, Manuel Ramírez Sánchez, Francisco J. Sánchez Ojeda, Vicente Suárez Grimón y Pedro Vega Rivero; así como de los rectores de las parroquias de Ntra. Sra. del Pino, del Sagrado Corazón de Jesús y de Ntra. Señora de las Nieves, además de la madre abadesa y religiosas del monasterio del Cister de Teror, por haberme permitido acceder a los archivos, torres y campanarios de sus respectivos templos.
[3] Dicha colección se puede consultar en la página Web de la Fundación Joaquín Díaz: http://www.funjdiaz.net. Consultado el 10.05.2013.
[4] Los títulos a los que hemos hecho mención se pueden consultar en la nota nº 5 del citado trabajo de Lorenzo Arribas (2007, 2).
[5] Dicha ficha puede consultarse en el siguiente enlace: http://campaners.com/php/textos.php?text=1173. Consultado el día 05.04.2013.
[6] Tomamos prestada esta expresión de José Luis Alonso Ponga y Antonio Sánchez del Barrio (Alonso Ponga y Sánchez del Barrio, 1997, 7).
[7] Comunicación personal de Salvador Mollà i Alcañiz, a quien agradezco sus inestimables recomendaciones y sugerencias.
[8] Es probable que el término aludido se corresponda con el vocablo tojino ―voz tomada del mundo del mar― y que con bastante probabilidad hace alusión a la pieza de madera dotada de un orificio que permitía el paso de las sogas para el toque de las campanas, evitando su desgaste. Comunicación personal de Francesc Llop i Bayo.
[9] Comprobantes de las cuentas de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror, correspondientes al año 1849, recibo nº 43, 01.02.1849.
[10] Cuentas de la mayordomía de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror, correspondientes a los años 1856 a 1859, recibo nº 72, 02.08.1858.
[11] Libro I de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror (Sánchez Rodríguez, 2008, 47).
[12] Atribución de Francesc Llop i Bayo, a quien agradecemos sus sugerentes comentarios.