lunes, 1 de julio de 2013

Campanas de Teror. Contribución al estudio y catalogación de las campanas de Gran Canaria (III)

Viene de: Campanas de Teror. Contribución al estudio y catalogación de las campanas de Gran Canaria (II)

7.  LEYENDAS DE CAMPANAS Y PRÁCTICAS RITUALES:

La campana, por su condición de instrumento de metal que se golpea, ha sido empleada en todas las civilizaciones como medio óptimo para alejar los malos espíritus. Además, el bronce ha sido considerado en muchas culturas como un metal sagrado, razón por la cual suele ser empleado para elaborar objetos de culto (Alonso Ponga y Sánchez del Barrio, 1997, 63-69). En todo caso, en el mundo cristiano la campana adquiere su condición de talismán a raíz de su consagración o bendición. Dicha ceremonia tiene como fin convertir un objeto profano en otro sagrado consagrado al culto. Aunque en Europa hay autores que llegan a documentan esta costumbre en el siglo VIII, parece que el ritual más antiguo es el de la iglesia visigoda española, que según algún estudioso se remonta al siglo V (Alonso Ponga y Sánchez del Barrio, ídem). Este rito viene recogido en el Pontifical Romano y sólo puede llevarse a cabo por el obispo, o por algún sacerdote, previa delegación del Papa. Sin duda y dado lo excepcional de su celebración, este tipo de acontecimientos solía congregar a numeroso vecindario. Para el caso concreto de Teror contamos con algunas crónicas que nos permiten conocer de qué manera se llevaba a cabo del ritual de su consagración, así como de la expectación que este tipo de acontecimientos solía suscitar entre los feligreses. Tal fue el caso de la ceremonia de bendición y traslado de las tres campanas adquiridas en Londres para el monasterio del Cister, ocurrida el 4 de noviembre de 1888 (Viera Déniz, 1988, 83-85) (DOCUMENTO 10). Por su parte, los libros de fábrica también nos aportan noticias sobre las labores necesarias para poder izar los bronces hasta la torre o espadaña de turno. Así, para poder instalar y bendecir la campana mediana de la Basílica del Pino (1829) fue necesaria la construcción de un pescante. Así se especifica en el pago de tres reales efectuados a favor de Juan de Quintana por «la hechura del pescante de madera en que se puso la campana para colocarla en la iglesia en donde fue bendecida por el Sr. Obispo». O el pago de tres reales de plata y diez cuartos y medio a Martín de Quevedo, por unos clavos para el mentado pescante, más un tostón por comprar la paleta[1].
Por lo que respecta a su condición de detente o talismán frente a los poderes maléficos del Demonio, o como vehículo para evitar las terribles consecuencias de los truenos, rayos y tempestades, en Canarias ―aunque poco estudiados― existen testimonios que inciden en este tipo de creencias. De esta manera, en las mentadas Constituciones Sinodales de Cámara y Murga, se insiste en que los sacristanes toquen las campanas como medio eficaz para ahuyentar y evitar la violencia de los agentes atmosféricos:

«Otrosi, por quanto suele aver nublados y tiempos rezios, que amenaçan los temporales, y asimismo ay truenos, rayos y tempestades, toquen los sacristanes las campanas»[2]

Asimismo, entre los remedios para combatir la plaga de langosta o cigarrón berberisco que arribó a Gran Canaria en noviembre de 1844, no se encontró mejor fórmula para combatirlo que hacer fuegos y tocar a rebato las campanas (Hernández Jiménez, 1991, 18). Por su parte, entre los milagros que se atribuyen a la imagen titular de la Parroquia del Pino, existen algunos episodios en los que las campanas forman parte primordial del relato. Así, según nos relata el canónigo Diego Álvarez de Silva, el mismo día de la dedicación de la actual Basílica del Pino ―30 de agosto de 1767― tuvo lugar un milagro que conmovió a todos los devotos de la Patrona. De esta manera y sin acuerdo previo, las andas de la Virgen, la primera salva del Castillo del Rey y el primer toque de las campanas de la Catedral, se produjeron de forma portentosa en el mismo instante (Trujillo Yánez, 2012, 253-255). El otro de los relatos ―narrado por las hermanas doña Ana y doña Melchora de Arencibia y Ortega, en la llamada Información de la caída del Pino de la Virgen― hace referencia al episodio en el que la mujer de Gaspar Barreto, dirigiéndose desde el paraje de las Troyanas al lugar de Teror, se desriscó junto con su caballo que cargaba dos fanegas de trigo. Fue entonces cuando la protagonista tuvo ocasión de un ver a una «muger serca» que favoreció al animal, ocasión en la que se oyeron tres toques de campana «sin haver quien la pudiera tocar» (Trujillo Yánez, 2012, 136-137).


Figura 7.1. El dibujo que ilustra estas líneas ―atribuido a Tomás Marín de Cubas― nos muestra el aspecto de la iglesia parroquial y del Pino Santo de Teror, en torno al año 1682. A falta de campanario, las campanas de la iglesia colgaban de una de las ramas del árbol. Ambas fueron protagonistas de uno de los milagros atribuidos a la Patrona de Gran Canaria.

8.  LOS TOQUES:

Como tuvimos ocasión de comentar en el apartado introductorio del presente trabajo, el capítulo de los toques ha sido el que más interés ha suscitado entre los eruditos o investigadores que se han interesado por las campanas, al menos en lo referente a Canarias. Los límites que nos impone nuestra propia formación e intereses personales, nos ha persuadido ―al menos de momento― de llevar a cabo un registro y estudio de los toques y tañidos privativos de la Basílica del Pino, Monasterio del Cister, así como de sus ermitas y parroquias anexas. No obstante, insistimos en la necesidad de llevar a cabo un estudio de este tipo, dado que con la automatización de los mecanismos empleados para tocar las campanas, los toques y tañidos tradicionales pueden estar en franco peligro de desaparición sino se lleva a cabo esta labor de registro.


Figura 8.1. Sobre estas líneas, detalle de una probable antigua puerta de acceso a la torre de la Basílica del Pino. Desde este lugar, el sacristán de la iglesia ―ayudado de cuerdas o sogas― tañía las campanas.

Por nuestra parte, fijaremos nuestra atención en algunos acontecimientos ocurridos en la Villa de Teror, que ponen de manifiesto el papel de las campanas como vehículo o instrumento de comunicación, especialmente en una época como la actual, donde inventos como el teléfono móvil, la radio, la televisión o las llamadas redes sociales, han relegado a un segundo plano su función original. Precisamente, de la importancia que entre la comunidad tradicional poseía el lenguaje de las campanas ―incluso hasta el punto de influir en su estado su ánimo― nos da buena muestra el incidente habido entre el alcalde y el párroco de la localidad, durante la epidemia de cólera morbo de 1851. Como ya se ha encargado de señalar Vicente Suárez Grimón en varias ocasiones, la epidemia de cólera morbo del año 1851, acabó con la vida de 332 personas ―255 adultos y 77 párvulos― oscilando el número de defunciones diarias entre dos y cuatro (Suárez Grimón, 1995-1996, 159-179) (Suárez Grimón, 2002, 381-382). Por su parte, los dobles y repiques de las campanas anunciaban la muerte de un número cada vez mayor de parroquianos, circunstancia que propiciaba el desaliento y la postración entre el vecindario que se veía superado por las circunstancias. Al objeto de evitar esta situación de desánimo, el alcalde de la localidad se vio precisado a prohibir en varias ocasiones los repiques y toques a muerto, ante la insistencia de un párroco que parecía obstinado en cumplir con la tradición (Hernández Jiménez, 1991, 20) (DOCUMENTO 9). Igualmente, otros sucesos como los ocurridos durante la década de los años treinta, en las que un grupo de mujeres ―contrarias a la realización de unas obras de alumbramiento de aguas en el barranco del Fonduco― subió al campanario de la iglesia de Teror y tocó las campanas a rebato para congregar al pueblo (DOCUMENTO 14). O la multa de 250 pesetas impuesta al párroco de Valleseco por tocar las campanas durante la celebración de un mitin laico (DOCUMENTO 13), sirven como ejemplo del excelente papel como vehículo de comunicación que cumplieron las campanas en la sociedad tradicional.

9.  LAS MATRACAS:

            Hasta la celebración del Concilio Vaticano II en 1965, el sonido de las campanas enmudecía durante el Triduo Sacro de Semana Santa ―desde el Gloria del Jueves Santo hasta el correspondiente de la Vigilia Pascual― para ser sustituido por el menos solemne de matracas y carracas. Por lo tanto, y aunque se trate de instrumentos de características bien diferentes, resulta del todo coherente dedicarles al menos unos pocos párrafos. Como acabamos de señalar, con la llegada de las nuevas normas muchos de estos artefactos quedaron arrinconados cuando no destruidos.
Tal es el caso de la matraca de campanario que aún se conserva en la torre de la Basílica de Ntra. Sra. del Pino. Básicamente, se trata de una rueda de tablas fijas en forma de aspa, de la que cuelgan ocho mazos de idéntico material. Al accionarse una manivela, los mazos golpean sobre cuatro cajas de percusión, dotadas de dos orificios, que son las que producen su singular sonido o matraqueo. Es bastante probable que este artefacto se corresponda con el que figura en las cuentas de fábrica del año 1841. Precisamente en ese año el mayordomo de la iglesia dirige una petición al obispo, en la que solicita la hechura de una nueva matraca ante la inutilidad de la precedente, y dada la necesidad que tenían los parroquianos de conocer las horas en las que se celebraban los oficios divinos (DOCUMENTO 7). Dicha petición no tardó en ser aceptada, según deducimos de las cuentas presentadas en ese mismo año. Así, el 4 de abril de 1841 se anota el pago a Manuel Pérez de cuatro pesos ―seis de plata y quince cuartos― por hacer las piezas para la matraca «que se hizo en ese año para el uso de la parroquia». Asimismo, en ese mismo día se abonaron dos pesos, cinco reales y cinco cuartos, al maestro de carpintería Juan de Quintana por su trabajo en la citada matraca y por una tabla que puso para la obra[3]. De idénticas características ―aunque en esta ocasión portátil― es la matraca de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de los Arbejales, de la desconocemos su autoría y fecha de fabricación.



Figura 9.1. Instantáneas de las matracas de campanario de la Basílica del Pino (ca. 1841) y de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de los Arbejales. Esta última ―portátil― se solía sacar a la puerta del templo para ser tocada durante el Jueves y Viernes Santo. 

            Junto con éstas, las matracas de mano, o para alzar, también sustituían el tintineo de las campanillas empleadas durante la ceremonia de la consagración. En esta ocasión, la tipología de los instrumentos es mucho más rica y variada, siendo totalmente diferentes los tres ejemplares ―dos en la Basílica del Pino y uno en la iglesia del Sagrado Corazón― que hemos podido documentar.


Figura 9.2. Matraca de mano utilizada durante la ceremonia de la consagración, perteneciente a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús.

Gustavo A. Trujillo Yánez

1 comentario:

  1. Añado que la matraca de Los Arbejales se sigue usando, en Viernes Santo y en la convocatoria a Vigilia de Resurrección.

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