martes, 25 de junio de 2013

Campanas de Teror. Contribución al estudio y catalogación de las campanas de Gran Canaria (I)

1.   EL ESTUDIO DE LAS CAMPANAS EN GRAN CANARIA. UN ESTADO DE LA CUESTIÓN[1]:

Aunque relegadas a un segundo plano, las campanas en sus diversas formas y tipologías forman parte del patrimonio histórico y artístico de cualquier templo o santuario. Como ha señalado acertadamente el especialista Josemi Lorenzo Arribas «no hay iglesia sin campanas y, de hecho, uno de los elementos estructurales de aquéllas, la torre o la espadaña, surgió con la única misión de sostenerlas» (Lorenzo Arribas, 2007, 2). Asimismo y hasta tiempos relativamente recientes, los toques de las campanas marcaron la vida cotidiana de nuestros antepasados, informándoles sobre las señales horarias, avisándoles de las convocatorias a los oficios religiosos, fiestas y solemnidades, y exhortándoles a participar en los acontecimientos civiles. Sin embargo, todas estas circunstancias contrastan enormemente con los escasos estudios dedicados a este tipo de piezas, pues a día de hoy no existe un trabajo monográfico sobre las campanas de Gran Canaria ―tampoco de las del resto del Archipiélago― salvo los pocos artículos publicados en la prensa, así como las escasas noticias existentes en las notas a pie de página o capítulos de libros sobre historia local o catálogos de arte religioso.
Las campanas existentes en las diferentes iglesias, ermitas y oratorios de Gran Canaria han captado la atención de cronistas y eruditos locales, quienes en la mayoría de casos han ofrecido noticias de interés sobre la construcción de la espadaña, campanario o torre de turno, así como del año de la colocación de sus campanas, además de datos relativos a su peso, precio, procedencia, y en menor medida, sobre el maestro fundidor o donante. En otros casos, han sido los diferentes toques de cada parroquia o santuario los que han sido recogidos y llevados al papel, haciendo constar la necesidad de dar a conocer y proteger este capítulo del patrimonio cultural inmaterial de la isla (Hernández Jiménez, 1991, 99-100) (Jiménez Sánchez, 03.12.1972) (Vega Rivero, 2005, 521-530). Todo ello sin olvidar su condición de motivo o inspiración literaria y musical. Así, en el plano literario caben destacar a autores de la talla de Benito Pérez Galdós, Tomás Morales, Domingo Doreste «Fray Lesco», o Francisco González Díaz ―entre otros muchos― quienes en mayor o menor medida dedicaron parte de su producción a estos bellos y evocadores objetos (Quintana Marrero, 10.05.1978, 12). Mientras que en el plano musical, sobresalen la obra para piano titulada «Campanas de Las Palmas» del compositor francés Camille Saint-Saëns; «Carrillón» del musicólogo Belga Gastón Knosp, inspirada en el toque o repique general de las campanas catedralicias de Las Palmas y publicada en la Enciclopedia y Diccionario del Conservador en 1908; o la más popular «Campanas de Vegueta» del poeta y compositor José María Millares Sall (Jiménez Sánchez, 03.12.1972), (Siemens Hernández, 1983, 236). Por su parte, los historiadores del Arte también se han ocupado de este tipo de piezas, aunque en mucha menor medida que los primeros, siendo muy pocas las referencias existentes en las publicaciones, manuales y catálogos de arte religioso editados hasta el momento. En consecuencia aspectos como las inscripciones epigráficas, junto con los motivos iconográficos y ornamentales de las campanas, apenas han suscitado el interés de los investigadores, siendo escasísimas las referencias que existen sobre este particular. Tampoco ha merecido especial atención el oficio de fundidor o campanero, siendo también muy escuetas las noticias que existen en torno a este asunto (Quintana Andrés, 2003, 557-558). Así, aspectos como la identidad y origen de los maestros fundidores que trabajaron o enviaron campanas al Archipiélago, los contratos de fabricación y de aprendizaje, o las técnicas y procesos de fundición de las piezas, aún permanecen inéditos en su gran mayoría. En este sentido, hay que significar el valor de colecciones como Fontes Rerum Canariarum (Tarquis y Vizcaya, 1959) o las recopilaciones llevadas a cabo por Manuel Lobo Cabrera (Lobo Cabrera, 1981 y 1993) quienes han publicado interesantes documentos para la Historia del Arte en Canarias, entre los que caben destacar los referentes a las campanas y al oficio de maestro fundidor.
Sin menospreciar la labor llevada a cabo por otros investigadores, destacamos las aportaciones realizadas por estudiosos de la talla de Santiago Cazorla, quien se refirió a los bronces de la Catedral de Canarias, indicando de forma pormenorizada los diferentes acuerdos del Cabildo Catedral para dotar de campanas al templo ―tras la desaparición de las campanas originales, a manos de las huestes del corsario holandés Van der Does, en 1599― junto con la denominación y precio de las piezas, su peso, procedencia, gastos ocasionados con motivo de su traslado y acarreto, así como los diversos pagos realizados a los trabajadores y oficiales encargados de su colocación ―entre un largo etcétera― si bien, aspectos como la identidad de los maestros fundidores o los motivos decorativos e inscripciones que las adornan brillan por su ausencia (Cazorla León, 1992, 331-338). A los bronces de Santa Ana también se refieren los historiadores del Arte, Carlos Rodríguez Morales y Jesús Pérez Morera, en el breve capítulo que dedican a las campanas, del segundo tomo de la colección Historia Cultural del Arte en Canarias (Rodríguez Morales y Pérez Morera, 2008, 214). De los aspectos formales, inscripciones e identidad de los fundidores de las mentadas campanas del templo catedralicio, se ocupan en su completísimo ―y menos conocido― estudio, los investigadores Francesc Llop i Bayo y Mari Carmen Álvaro Muñoz, cuyos resultados se encuentran publicados en la página Web de los campaneros de la Catedral de Valencia[2]. Igualmente importante es el trabajo de Manuel Rodríguez Mesa dedicado a los toques del templo de Santa Ana, quien transcribe y da a conocer dos manuscritos anónimos: el denominado «Derrotero para el gobierno del campanero en todas las funciones del año, así diarias como movibles e irregulares» y el «Modo de tocar al coro diariamente en la Catedral de Canaria». La autoría de ambos documentos fue obra del campanero y presbítero Francisco Sánchez Losada, quien el 6 de enero de 1722, se encargó recopilar y trasladar el contenido de la antigua pandectas en la que se establecían y regulaban los diferentes toques de la Catedral (Rodríguez Mesa, 1994, 209-222). De estos mismos toques y del oficio de campanero catedralicio ―ostentado durante generaciones por los miembros de la familia Sánchez― también hace mención el historiador Pedro Quintana Andrés, en sus trabajos dedicados al Cabildo Catedral de Canarias (Quintana Andrés, 2003, 557-558), (Quintana Andrés, 2006, 181-216). Igualmente, en relación con los toques de campana ―aunque en esta ocasión se hace referencia a los toques privativos de la ermita de Santiago e iglesia de la Concepción de Valverde― hay que ponderar el artículo de Manfred Bartman, quien hace un estudio comparativo y plantea interesantes hipótesis entre los toques de campanas y la música tradicional herreña (Bartman, 1999, 115-144). De la misma manera, tampoco faltan noticias sobre la labor de los campaneros del templo de Santa Ana ―quienes en muchas ocasiones también ejercieron como relojeros o fuellistas― en los estudios que dedica a la música de la Catedral de Las Palmas, la estudiosa Lola de la Torre, quien se ocupó de transcribir todos los acuerdos del Cabildo Catedral relacionados con su actividad musical, desde el año 1514 hasta 1844 (De la Torre, 1995 a 2006), (De la Torre y Díaz Ramos, 2007-2008). También es digno de mención el artículo que dedica a las campanas de la iglesia de San Juan Bautista de Arucas, el cronista Pablo J. Vélez Quesada, quien además de ofrecernos noticias sobre las piezas históricas del templo, gastos de mantenimiento, lugar y procedencia, también se preocupa por describir sus aspectos formales, haciendo alusión a los letreros y motivos ornamentales que lucen (Vélez Quesada, 1995, 32-38). O las noticias que Francisco Morales Padrón y Pedro Vega Rivero aportan sobre las campanas del templo parroquial de Santa Brígida (Morales Padrón, 2004, 251-318) (Vega Rivero, 2005, 521-530). Finalmente, hay que señalar la reciente contribución de Vicente Benítez Cabrera, quien en el marco del XX Coloquio de Historia Canario-Americana, ha dado a conocer la que con bastante posibilidad podría ser la campana más antigua de Gran Canaria, datada en el año 1527, perteneciente a la parroquia de San Pedro de Bañaderos, en el ya aludido municipio de Arucas (Benítez Cabrera, 2012, En Prensa) y (Morote Medina, 08.04.2012, 59).
Por su parte, desde los ámbitos de la musicología, la arqueología y la etnografía, hay que tener en cuenta los estudios dedicados a los litófonos o formaciones rocosas que por sus especiales características y disposición, suplieron ―cuando éstas faltaban― el toque de las campanas, dando lugar a la creación de topónimos tan sugerentes como La Campana, Roque de la Campana, Piedra de la Campana, Cueva de la Campana, Risco de la Campana o Lomo de la Campana, entre otros muchos (Álvarez Martínez y Siemens Hernández, 1985-1987, 285-289), (Rodríguez Fleitas, 1999, 23-32).
Por lo que se refiere a la localidad de Teror ―de la que ofrecemos el inventario de sus respectivas campanas― el panorama no difiere del visto en el resto de la isla, ya que las noticias sobre los bronces existentes en su territorio, también se limitan a hacer constar la fecha, precio, procedencia y otras circunstancias de la pieza en cuestión, siendo inexistentes las referencias a sus aspectos simbólicos y formales ―icnografía― e inscripciones epigráficas, entre otros asuntos que consideramos de especial interés. Así, es posible encontrarnos con sucintas referencias a las campanas de los templos históricos del término municipal, destacando las aportaciones ―ya clásicas― de José García Ortega (García Ortega, 1936), Gregorio Florencio Rodríguez (Rodríguez, 1963), Ignacio Quintana y Santiago Carzola (Quintana y Cazorla, 1971) y de la religiosa Sor Esperanza Viera (Viera Déniz, 1988). Así como las publicaciones más recientes de Vicente Hernández Jiménez y Julio Sánchez Rodríguez (1995), María de los Reyes Hernández Socorro y José Concepción Rodríguez (Hernández Socorro y Concepción Rodríguez, 2005), José Luis Yánez Rodríguez (Yánez Rodríguez, 2006) y del mentado Julio Sánchez Rodríguez, ahora en solitario (Sánchez Rodríguez, 2008). Destacable es el capítulo que dedica a las campanas de la Basílica del Pino el citado Vicente Hernández, quien anota algunos de los toques privativos de la parroquia, así como su papel destacado durante la epidemia de cólera morbo de 1851, o durante los incidentes relacionados con la llamada Galería del Fonduco, en 1934 (Hernández Jiménez, 1991, 99-100). Precisamente, en relación con los toques de la iglesia, son de notar las referencias que aporta el capítulo que Vicente Suárez Grimón dedica a las costumbres y derechos parroquiales, anotados por el párroco de Teror Agustín Cabral y Jaymes, durante los últimos años del siglo XVIII y comienzos del XIX, consultables en la obra colectiva El Pino. Historia, tradición y espiritualidad canaria (Suárez Grimón, 2002, 393-404). Finalmente, por nuestra parte hemos tenido ocasión de contribuir en el estudio de las campanas de esta localidad, con la publicación de una ficha catalográfica dedicada a la denominada «campana de los cuartos» una pieza inédita perteneciente a la Basílica de Ntra. Sra. del Pino, fechada en 1764, además de aportar los nombres de los maestros fundidores y otros datos de interés hasta ahora muy poco conocidos sobre el resto de bronces de este municipio (Trujillo Yánez, 2010, 110-111).
En el resto del territorio español, y aunque en palabras del ya aludido Lorenzo Arribas, aún faltan estudios sistemáticos y exhaustivos en determinadas regiones, el estado de la investigación y del conocimiento sobre este capítulo del patrimonio cultural, se encuentra mucho más avanzado que en el Archipiélago Canario. Así, entre las comunidades autónomas más estudiadas, destaca sobre el resto la de Castilla y León, algunos de cuyos títulos más importantes se deben al ya mencionado Llop i Bayo, quien en compañía de otros autores dedica un trabajo a las campanas y campaneros de Salamanca (1986); también el consagrado a los maestros campaneros y campanas de Valladolid y su provincia, durante los siglos XVI al XVIII, de Marcos Villán y Miguel Hernández (1998); el trabajo sobre las campanas de las catedrales de Castilla y León, de Sánchez del Barrio y Alonso Ponga (2002); a su vez autores del magnífico catálogo de la colección Quintana en Urueña, que se expone en la Fundación Joaquín Díaz[3] (Alonso Ponga y Sánchez del Barrio, 1997); el libro dedicado a las campanas de la provincia de Soria, de José Ignacio Palacios Sanz (2007); así como la recensión que Lorenzo Arribas hace de este último título, en la que se plantean muchos asuntos de interés relacionados con el estudio de las campanas (Lorenzo Arribas, 2007)[4]. En el campo de la epigrafía y de las inscripciones que muestran las campanas sobre su superficie, son obras de referencia los trabajos y aportaciones de Salvador Mollà i Alcañiz (Mollà i Alcañiz, 2005, 229-241), quien además dedica un libro a las campanas góticas valencianas (2001). A todos ellos habría que añadir los títulos de las actas del I Congreso Nacional sobre Campanas, editadas por la fundación Marcelino Botín en 1997 y coordinadas por Francisco José Guerrero Carot y Eloy Gómez Pellón. Asimismo, digna de mención es la labor desarrollada por el gremio de campaneros valencianos, quienes a través de su página Web, están llevando a cabo un inventario de los maestros fundidores y campaneros del resto del territorio nacional, junto con un completo registro de los toques ―en formato vídeo y MP3― así como de las matracas, relojes o cuadrantes solares de las principales catedrales de España, amén de las novedades bibliográficas relacionadas con estos objetos. Precisamente a esta institución se debe la organización del I Congreso Internacional de Campaneros de Catedrales de Europa, celebrado en Valencia durante los días 13 al 15 de diciembre de 1991, cuyas actas fueron publicadas en 1996. Entre los resultados más destacables de esta reunión cabe destacar la elaboración de un decálogo o conjunto de recomendaciones de aplicación en el conocimiento, difusión y salvaguarda de este singular capítulo de nuestro legado cultural. Así, tras manifestar que las campanas, sus instalaciones y sus toques forman parte de nuestro patrimonio, además de evidenciar su frágil estado de conservación ante el abandono de las torres o templos que las acogen, la electrificación incontrolada y la desaparición de los toques tradicionales; se señalan las siguientes conclusiones:

  1. La campana no se limita a la copa o pieza de bronce, sino que su instalación ―yugos y cabezales de madera, así como su ubicación en la torre― forma parte consustancial y del mismo interés histórico, sonoro y cultural.
  2. Los toques son parte indisoluble de las campanas y de su instalación, y también son un Bien Patrimonial. Deberán conservarse, protegerse y divulgarse los modos de tocar, amparando a los campaneros tradicionales.
  3. Los conjuntos tradicionales de campanas deberán ser considerados como un hecho patrimonial y tratados y restaurados con el mismo respeto que cualquier obra de arte.
  4. Se fomentará el toque manual, limitando las electrificaciones a lo mínimo necesario. Las motorizaciones de las torres y campanarios tradicionales deberán realizarse asegurando el mantenimiento integral de la instalación antigua (badajos, ubicación, yugos de madera) y permitiendo la realización de toque manuales. Asimismo, la mecanización debe reproducir los toques tradicionales para los que fue concebida la torre.
  5. Las campanas antiguas rajadas o deterioradas no deberán ser refundidas sin un estudio previo, aplicando la soldadura en caso de campanas de alto valor histórico, epigráfico, documental o cultural.
  6. Debe tenderse a la armonización musical de las campanas, realizando las nuevas de manera que su timbre sea coherente con el de las existentes en la torre. Además, los nuevos conjuntos deben ser armónicos y bien afinados entre sí, teniendo cada una de las campanas el mismo timbre del conjunto.
  7. Cualquier modificación, separación, restauración de campanas históricas o de nuevas campanas deberá ser autorizada, supervisada y dirigida a través de la Comisión Mixta Iglesia-Administración correspondiente. En consecuencia no podrá realizarse ninguna actuación sin el correspondiente proyecto, autorizado por las autoridades competentes y supervisado por los técnicos correspondientes e independientes de las empresas.
  8. Es inaplazable la catalogación de todas las campanas, religiosas o civiles, públicas o privadas de todas las Comunidades Autónomas del Estado Español, con todos los datos y características a ellas referentes. Para la elaboración de ese inventario deberán coordinarse las distintas administraciones para propiciar un rápido conocimiento y una inmediata protección de nuestras mejores campanas.
  9. Deberán incoarse para todas las campanas existentes hasta el siglo XVII, expedientes individuales de declaración de Bien Mueble de Interés Cultural, mientras que al menos las campanas fechadas entre los años 1701 y 1820, deberán ser incluidas en un Inventario General.
  10. La protección legal de las campanas debe completarse con la apertura de las torres para que todos, y especialmente las nuevas generaciones, puedan disfrutar observando y escuchando en directo paisajes y campanas. De manera especial, y para asegurar el futuro de las campanas y sus toques, se deberán abrir las torres a los colegios, creando escuelas de nuevos campaneros.

2.   METODOLOGÍA:

La metodología que hemos seguido en el presente trabajo es la habitual en este tipo de investigaciones. Así, tras la revisión de la bibliográfica específica sobre nuestro objeto de interés, hemos llevado a cabo una búsqueda en el archivo municipal de la localidad de Teror ―especialmente de sus libros de actas― así como en sus dos principales archivos parroquiales, a saber: el perteneciente a la parroquia de Ntra. Sra. del Pino, cuyo primer libro de fábrica data del año 1558, así como del más reciente del Sagrado Corazón de Jesús, en el barrio terorense de los Arbejales, cuya documentación más antigua se remonta al año 1913. Asimismo, hemos consultado los correspondientes libros de mayordomía e inventarios pertenecientes a las ermitas de Ntra. Sra. de las Nieves (1666-1904) y San Isidro (1684-1793), así como el libro de cuentas del Monasterio del Cister (1888) custodiados en el mentado archivo parroquial del Pino. La importancia de este tipo de documentación queda fuera de toda duda, pues como se sabe los gastos de inversión en el mantenimiento de las campanas ―sogas, yugos, badajos y otros aparejos― fueron siempre continuos y constantes, además de contener ―cuando era la propia parroquia quien financiaba su compra― la fecha, precio y otras circunstancias sobre la llegada de nuevas campanas al templo. En otra fase del proyecto será necesario acudir a los protocolos notariales, ya que nos pueden aportar información complementaria a la que nos ofrecen las fuentes municipales y eclesiásticas, como son contratos de aprendizaje o el encargo de campanas, entre un largo etcétera. No obstante, buena parte de la información la aportan las propias piezas, por lo que se hace indispensable la visita in situ a la torre o campanario de turno. Por lo tanto, tanto la recogida de datos como la presentación formal de los mismos deben seguir un criterio científico. Para ello hemos elaborado una ficha de trabajo, en la que se incluye una parte escrita y otra gráfica, inspirada en el modelo que proponen los investigadores Llop i Bayo y Martín Noguera, consultable en la citada página Web del gremio de campaneros de Valencia[5]. De esta manera, en un modelo de ficha ideal deberían figurar los siguientes datos:

PARTE ESCRITA:

La parte escrita consta de:

Número de registro y fecha de realización de la ficha: Nos servirá para identificar cada una de las campanas que registremos.

Datos de localización y titularidad: En este apartado se tomará nota del municipio o localidad donde se encuentre el bien a inventariar, además de otros datos como la parroquia e inmueble en el que se encuentre, dirección, nombre del párroco y/o del personal encargado del templo, teléfono, fax y/o correo electrónico.

Autor, cronología y procedencia: La que nos ofrezca el propio objeto o la que nosotros le podamos atribuir.

Descripción física: En este bloque se anotarán datos tales como la tipología del objeto (en función de su perfil), su denominación epigráfica y tradicional, medidas (expresadas en cm.), material y técnica utilizada en su fabricación. Estos mismos datos serán aplicación al yugo que sujeta la campana, ya que debe hacerse mención de su tipología, materiales, técnica y dimensiones.

Toques y mecanismos para tocar: En apartado dedicado a los mecanismos de toque, se debe señalar si se realizan de forma manual o de manera mecanizada, indicando la posición y el artilugio utilizado. Además, se debe tomar nota de los toques tradicionales de cada una de las piezas.

Inscripciones: Se debe indicar la inscripción epigráfica transcribiéndola en su integridad, respetando la grafía original, sin desarrollar las abreviaturas y marcando el cambio de línea con una raya oblicua “/”. A continuación se desarrollarán las abreviaturas y se actualizará o traducirá el texto. Asimismo, se debe anotar la posición en la que se encuentra dicho texto, así como su tipografía, técnica e indicar si existen marcas de fábrica. Estas premisas son de aplicación al yugo, ya que es posible que también contenga algún tipo de inscripción.

Iconografía: Descripción detallada de los motivos ornamentales e iconográficos, indicando la posición que ocupan en la campana.

Finalmente, también debe hacerse mención al estado de conservación del objeto, así como a las referencias bibliográficas y documentales relacionadas con él, su posible valoración como Bien Mueble de Interés Cultural, además de otros aspectos que deseemos añadir tales como las condiciones de seguridad y accesibilidad a la torre o espadaña, entre otros.

PARTE GRÁFICA:

La parte gráfica debe constar de:

Croquis de conjunto: En el que se debe indicar la posición de las campanas en su ubicación, numerándolas de menor a mayor, con las medidas aproximadas de ventanas y muros del campanario y el acceso a la sala.

Fotografías: Tantas como sea posible para documentar la epigrafía, motivos ornamentales, iconografía y estado de conservación del conjunto. Se deben obtener al menos dos instantáneas de cada campana: una de conjunto y otra de detalle, así como otras dos del campanario, una de conjunto y otra del exterior.

No obstante, conviene tener presente que la toma de datos puede verse seriamente dificultada ―cuando no impedida― por el difícil acceso que presentan muchas espadañas o campanarios, ya sea por la falta de mantenimiento de sus escaleras o por lo inseguro de su acceso ―en el caso de muchas ermitas, a través de la cumbrera de la techumbre, entre tejas no siempre seguras― ya por la palomina o deposiciones acumuladas sobre las propias campanas. En otras ocasiones, su emplazamiento inaccesible conlleva la necesidad de contar con el concurso o colaboración de profesionales de la escalada, lo que no siempre puede ser posible, debido al enorme costo que supondría este tipo de operaciones. Además, a todos estos impedimentos debemos sumar lo complicado que resulta obtener buenas fotografías, tanto por la falta de ángulo, la estrechez de los campanarios, como por la posición del Sol. Y es que como ya se han encargado de señalar otros autores, al ser el campanario el punto más alto, suele producir un incómodo contraluz que impide la obtención de instantáneas de calidad (Lorenzo Arribas, 2007, 17).


Figura 2.1. Las deposiciones de palomas y el difícil acceso a algunas torres y espadañas, dificultan el estudio y catalogación de las campanas. La pieza en cuestión, gravemente afectada por la palomina ―conocida con el apelativo de la campana grande y consagrada con el nombre de La Antigua― pertenece a la Catedral de Las Palmas. Obra de Peeter van den ghein, fue traída en el año 1600 desde Flandes, tras el ataque del corsario Pieter van der does.

Finalmente, conviene tener siempre presente el carácter de «objeto polisémico»[6] de la campana, así como la necesidad de tratarla de manera interdisciplinar, pues su estudio compete a diferentes materias muy diversas entre sí (musicología, acústica, arquitectura, historia, arte, iconografía, carpintería, metalurgia, etnografía o liturgia). No obstante, y teniendo en cuenta la formación del investigador, es necesario ―cuando no imperativo― centrarse en una o varias áreas de conocimiento, haciendo aportaciones más ocasionales en otras disciplinas. Por lo tanto y aunque el modelo que se propone arriba sería el ideal, a efectos prácticos la elaboración de una ficha excesivamente recargada de datos o ítems nos va a suponer el tener que hacer una considerable inversión de tiempo por cada una de las piezas que registremos, así como un aumento en los costes de los soportes donde custodiemos los datos. En la parte introductoria del presente estudio ya hicimos mención a los escasos trabajos dedicados a la epigrafía y motivos iconográficos de las campanas. Precisamente, éstos y otros aspectos de nuestro interés ―como son las prácticas rituales o las leyendas asociadas a las campanas― supondrán el objeto de interés de nuestra investigación presente y futura. No obstante, conviene tener presente algunas consideraciones previas. Así, desde el punto de vista de la ornamentación y la iconografía, dicho interés no debería limitarse a una mera descripción formal de los motivos ornamentales. Antes al contrario, tal como nos propone el especialista Salvador Mollà, es imperativo llevar a cabo un tratamiento estadístico de dichos motivos decorativos o iconográficos. Además, realizar un estudio de su evolución a través del tiempo, averiguar en qué medida se han visto influidos por la evolución de los estilos artísticos, el lugar que ocupan en la campana, los posibles cambios en las advocaciones y representaciones, la posible existencia de textos que describan o justifiquen las temáticas de las representaciones, además de posibles antecedentes librarios, escultóricos o pintados, son aspectos que también deberían estar presentes en un estudio de este tipo. Por otro lado, también conviene tener en cuenta las inscripciones del objeto, ya que nos van a permitir singularizar la campana ―pues en la mayoría de los casos nos aportan información sobre el maestro fundidor, su procedencia, cronología, denominación y patrocinador o promotores de la pieza― además de comprobar su posible relación con la decoración o motivo iconográfico de turno[7].
El total de piezas inventariadas asciende a veintidós. Así, hemos registrado dieciséis  campanas, cuya cronología abarca desde los siglos XVIII al XX; dos matracas de campanario, tres matracas de mano y una campanilla para la ceremonia del viático.


Figura 2.2. Una de las troneras o huecos de la espadaña de la ermita de Ntra. Sra. de las Nieves carece de campana.

3.   EL OFICIO DE FUNDIDOR:

Apenas se sabe nada sobre el oficio de fundidor de campanas en el Archipiélago Canario. Aunque desde muy temprano se conoce de la presencia de piezas procedentes de diversos lugares de Europa y América, así como del propio territorio nacional, también consta que hubo maestros fundidores naturales de las islas de los que sin embargo se conoce muy poco. Así por ejemplo, datos como su posible agrupación en linajes o su condición de profesionales itinerantes o semiestantes ―aspectos que se han documentado en otras áreas― además de los lugares y condiciones en las que se llevaba a cabo la fundición de las campanas, permanecen aún pendientes de estudios. Asimismo, tampoco existe un catálogo de los fundidores que trabajaron en las islas. En este sentido, tanto los protocolos notariales como los libros de fábrica y mayordomía de las parroquias son una fuente excepcional para conocer el quehacer de estos profesionales. De esta manera y por lo que respecta a los libros de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror, resulta frecuente encontrar anotados los gastos e inversión que se hacían en el mantenimiento y reparación de las campanas y campanarios (sogas, cabos, yugos, badajos o «lenguas» y otros aparejos). Entre los ejemplos más tempranos, se consigna el pago de dieciséis reales invertidos en la compra de una soga y otras cosas necesarias para la campana de la iglesia, en octubre de 1590 (Sánchez Rodríguez, 2008, 92). Más recientemente, anotamos el pago de un real de plata a favor de Juan de Quintana, maestro de mampostería, por componer los «togines»[8] de la torre de la iglesia parroquial[9]. O el pago de cuatro pesos corrientes a Diego Swanston y Compañía por un cabo para el mismo campanario, entre otros muchos ejemplos[10].


Figura 3.1. Firma y rúbrica del vecino de la Orotava, José Pérez Barreto (29.10.1782), perteneciente a una escritura otorgada ante el escribano José Domingo García de Aguilar, en la que se compromete a fabricar una campana para la ermita de Ntra. Sra. de Candelaria de Ingenio.


Figura 3.2. Firma y rúbrica de Francisco Quesada oficial del oficio de fundidor, así en bruto como de obra de limpia de campanas y demás tocante al dicho oficio y de estañería, en un protocolo de Jerónimo del Toro y Noble (08.01.1698).

Por su parte, en las ocasiones en las que se señala la compra de una nueva campana, no se suele hacerse mención a la identidad del maestro campanero. Así, durante la visita a la parroquia del obispo fray Juan de Alzolarás en 1570, se anota la cantidad invertida en la compra de la nueva campana, aunque sin hacer mención al fundidor:

«38.400 maravedíes que pagó al campanero por una campana que hizo, que pesa 332 libras, por 120 maravedís cada libra, porque la otra campana que se hizo se quebró. 3552 maravedíes por tres arrobas de metal que se dio al dicho campanero para quiebra y reparación de la dicha campana; montó la hechura de dicha campana 42.952 maravedís»[11].

Sólo en dos ocasiones se menciona el nombre de los maestros fundidores, aunque en ambos casos también es posible de que se traten de oficiales de herreros, a quienes también se les solían encargar trabajos de mantenimiento de las campanas. Tal es el caso de Francisco Hernández ―del que no se señala su profesión― pero que recibe seis tostones por el aderezo de la lengua de la campana en 1643 (Sánchez Rodríguez, 2008, 168). O el de Bartolomé Jiménez, del que tampoco existe mención a su oficio, y a quien se le gratifica con cinco reales en concepto de «gastos de la campana» fundida en 1565 (Sánchez Rodríguez, 2008, 44). Por lo tanto y a pesar de la abundancia de datos y noticias sobre la compra o trabajos de mantenimiento de las campanas, son las propias piezas conservadas quienes nos informan con mayor certeza sobre quiénes fueron sus fabricantes, bien sea a través de las marcas de fábrica ―en el caso de las piezas más recientes― o formando parte del propio mensaje epigráfico. Así, gracias a las marcas de fábrica hemos podido documentar la presencia de maestros fundidores como Pedro Dencausse (Barcelona, 1923) o de la empresa denominada Hijos de Benito Perea (Logroño, 1942). En otras ocasiones es el propio campanero quien reafirma su autoría haciendo constar su nombre, apellidos, fecha y localidad de origen de la pieza ―aunque sin emplear marca de fábrica― como sucede en el caso del fundidor británico John Warner (Londres, 1864) y de sus herederos a través de la firma John Warner and Sons (1888), o en el de Francisco Javier del Otero (Cantabria, 1816) a quien atribuimos la campana de la ermita de Ntra. Sra. de las Nieves, además del maestro palenciano Moisés Díez (ca. 1918).



Figura 3.3. Marcas de fábrica e inscripciones de Pedro Dencausse (Barcelona, 1923) en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Teror; y de Juan Mª Acosta (Sevilla, 1829) de la Basílica del Pino.

Por su parte, en la campana mediana de la Basílica del Pino, fabricada por el fundidor Juan María Acosta (Sevilla, 1829), se hace constar su participación mediante una frase o mensaje que ocupa todo el tercio de la pieza: “ME HIZO JVAN MARIA ACOSTA HEN COMPANIA SEVILLA ANO DE 1829”. Sin embargo, en otras ocasiones la atribución del bronce sólo es posible hacerla a través de la comparación de los motivos ornamentales e iconográficos que muestra sobre su superficie, al carecer de cualquier tipo de marca de fábrica o alusión a su autor, algo que sólo es posible cuando se tiene un buen número de campanas inventariadas. Así ha sucedido con la denominada campana grande de la Basílica del Pino, cuya atribución al fundidor Josep Calbetó (Barcelona, ca. 1850-1860) sólo ha sido posible gracias a la labor de catalogación llevada a cabo por el gremio de campaneros de Valencia ―con Francesc Llop i Bayo a la cabeza―  donde se citan al menos otras seis campanas salidas de sus manos[12]. Finalmente, del resto de bronces inventariados no existe mención documental o epigráfica sobre sus posibles fabricantes.






[1] Agradezco la colaboración, los comentarios y sugerencias de las siguientes personas: Vicente Benítez Cabrera, Juan Carrasco Lezcano, José Concepción Rodríguez, Francisco Grimón Navarro, María de los Reyes Hernández Socorro, Juan Sebastián López García, Santiago de Luxán Meléndez, Salvador Mollà i Alcañiz, Sergio Nuez Ramos, Francesc Llop i Bayo, Manuel Ramírez Sánchez, Francisco J. Sánchez Ojeda, Vicente Suárez Grimón y Pedro Vega Rivero; así como de los rectores de las parroquias de Ntra. Sra. del Pino, del Sagrado Corazón de Jesús y de Ntra. Señora de las Nieves, además de la madre abadesa y religiosas del monasterio del Cister de Teror, por haberme permitido acceder a los archivos, torres y campanarios de sus respectivos templos.
[3] Dicha colección se puede consultar en la página Web de la Fundación Joaquín Díaz: http://www.funjdiaz.net. Consultado el 10.05.2013.
[4] Los títulos a los que hemos hecho mención se pueden consultar en la nota nº 5 del citado trabajo de Lorenzo Arribas (2007, 2).
[5] Dicha ficha puede consultarse en el siguiente enlace: http://campaners.com/php/textos.php?text=1173. Consultado el día 05.04.2013.
[6] Tomamos prestada esta expresión de José Luis Alonso Ponga y Antonio Sánchez del Barrio (Alonso Ponga y Sánchez del Barrio, 1997, 7).
[7] Comunicación personal de Salvador Mollà i Alcañiz, a quien agradezco sus inestimables recomendaciones y sugerencias.
[8] Es probable que el término aludido se corresponda con el vocablo tojino ―voz tomada del mundo del mar― y que con bastante probabilidad hace alusión a la pieza de madera dotada de un orificio que permitía el paso de las sogas para el toque de las campanas, evitando su desgaste. Comunicación personal de Francesc Llop i Bayo.
[9] Comprobantes de las cuentas de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror, correspondientes al año 1849, recibo nº 43, 01.02.1849.
[10] Cuentas de la mayordomía de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror, correspondientes a los años 1856 a 1859, recibo nº 72, 02.08.1858.
[11] Libro I de fábrica de la Parroquia de Ntra. Sra. del Pino de Teror (Sánchez Rodríguez, 2008, 47).
[12] Atribución de Francesc Llop i Bayo, a quien agradecemos sus sugerentes comentarios.

2 comentarios:

  1. Bueno, ya tengo leído el primer capítulo, aunque el orden en este blog tuyo es bastante caótico, desde el punto de vista informático. Sale primero el último capítulo y hay que irse para atrás uno a uno.
    Sugiero una pregunta: ¿Se tienen noticias de que la ermita del "Señor San Joseph" del entonces El Álamo, hoy San José del Álamo, tuviera campanas? Estaríamos hablando de allá por 1677, parece.
    Una de las más penosas consecuencias del paso del tiempo por aquel lugar es que casi nunca (excepto, quizá Julio Sánchez) se nombre la existencia de aquella ermita, si no es por el mero hecho de las bajadas de la Virgen.
    Un saludo, Alexis, muy buen trabajo.

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  2. Estimado Sergio. Antes de contestarte debo darte la gracias por el interés que siempre muestras por las cosas que escribo.
    En cuanto a lo del orden no se si hay alguna otra forma de publicar las entradas, ya que éstas aparecen por orden de edición, de manera que irremediablemente siempre verás en primer lugar el último de los capítulos. He intentado subsanar el asunto con un pequeño enlace que suelo poner justo debajo del título de la entrada (No se si me he explicado bien...).
    En cuanto a lo de la ermita de san José del Álamo, construida como bien dices en el siglo XVII, sin duda contó con su campana, aunque es probable que esa pieza original ya no exista. Se pudo haber refundido para hacer otra o quizá fue a parar a otro lugar, tras el periodo de abandono que tuvo durante buena parte de los siglos XIX y XX.
    Precisamente hace poco días me di un salto por allí y eché un vistazo al campanario de la iglesia actual. Y en principio la campana que pude ver parece que no tiene ningún tipo de inscripción o motivo ornamental que merezca la pena. No obstante, habrá que verla de cerca.
    Espero haber contestado de forma satisfactoria a la pregunta que me planteas.
    En fin, muchas gracias otra vez.
    Alexis

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