lunes, 27 de agosto de 2012

Sagrado Rubor. Imagen vestida vs. Imagen desnuda


Como ocurre cada año, la llegada del mes de septiembre y la celebración de las fiestas en honor a la Virgen del Pino, lleva consigo la necesidad ―y también la obligación― de remozar y cambiar las galas de la Patrona de Gran Canaria. Así, en los días previos a la ceremonia de su bajada desde el camarín al presbiterio del templo parroquial, tiene lugar el acto de desvestir y vestir a la sagrada efigie, a la que se le cambia su vestido o manto de diario por alguno de los muchos que se custodian en su tesoro. La costumbre de vestir a las imágenes de devoción hunde sus raíces en la Baja Edad Media, arraigando en Canarias desde fechas muy tempranas. Y que es para los hombres y las mujeres de los siglos modernos, la contemplación de una escultura ―aunque se tratase de una talla completa y vestida― sin sus correspondientes atavíos y postizos, era del todo irreverente e irrespetuosa, pues se consideraba que las imágenes sin revestir quedaban poco menos que «desnudas».
La imagen de Nuestra Señora del Pino, aunque se trata de una talla completa o de bulto redondo, era revestida desde el siglo XVI. Ya en 1558 se menciona la existencia de una camisa de seda verde labrada de pinos, ajuar que irá aumentando gracias a las donaciones de sus feligreses. Tal fue el gusto por venerar a la imagen con sus ropas, que se la ha llegado a dotar de artificios tales como una peana de madera con la que disimular su pequeña estatura y, de esta manera poder elevar su tamaño, así como de unas manos postizas que suplen a las originales, ocultas bajo los pesados ropajes. De esta forma fue gestándose el ritual de vestir a la imagen del Pino, una ceremonia que desde muy antiguo se convirtió en un acto íntimo y reservado a unos pocos privilegiados, al imponerse la obligación de cambiarle sus vestidos fuera de la vista indiscreta de los devotos. Nos referimos al mandato del obispo Ruiz Simón, quien el 20 de mayo de 1707, limitó al cura de la parroquia, a la camarera y al sacristán, el número de personas que podían estar presentes en el momento de mudar el atuendo a la imagen. Esta costumbre que aún se mantiene vigente, también se vio favorecida con la construcción en 1615, a instancias del prelado Antonio Corrionero, de un nicho o camarín con el que procurar a la efigie un espacio retirado. Y también con la institucionalización del oficio de camarera, cargo honorífico reservado a las damas de la alta sociedad de Gran Canaria, pero que en sus primeros momentos fue copado por la familia Pérez de Villanueva, en quienes recayó el patronato de la capilla mayor de la parroquia de Teror.
No obstante, si bien fueron las mismas autoridades eclesiásticas quienes promocionaron y promovieron este tipo de prácticas, no es menos cierto que en algunos casos también las veían con cierto recelo, razón por la cual intentaron limitarlas. Así, durante el siglo XVII, obispos como Francisco Martínez de Ceniceros o Cristóbal de la Cámara y Murga, censuraron la costumbre de vestir imágenes y ponerles ropa «sin necesidad y, lo que es peor, vestirlas profanamente como si fueran mujeres», llegando a prohibir que las imágenes de bulto redondo fuesen vestidas. Precisamente, entre los milagros y portentos atribuidos a la imagen del Pino, se citan varios episodios en los que ciertos obispos ―cuyos nombres se silencian― ordenaron despojar de sus ropas y alhajas a la Patrona. Asimismo, durante la visita a la parroquia de Teror del arcediano don Juan de Salvago ―durante los meses junio y julio del año 1574― se prohibió vestir a la imagen con prendas que ya hubiesen sido usadas por alguna vecina del lugar. Posteriormente, la llegada de las ideas ilustradas supuso un nuevo intento ―baldío― por imponer un cambio en la mentalidad y estética barroca, concretamente con la mentada costumbre de revestir a las imágenes de devoción. Es precisamente en este contexto cuando surgen los primeros retratos y grabados en los que se muestra a la Patrona de Gran Canaria en el árbol de la aparición, desposeída de sus vestidos, joyas y atavíos. Todo, al objeto de desterrar una tradición que ya empezaba ser muy mal vista por ciertos sectores de la nobleza e Iglesia isleña. Sea como fuere, la añeja costumbre de engalanar a la imagen del Pino siempre siguió presente. Incluso, entre los milagros y prodigios ―arriba citados― que se atribuyen a esta entrañable imagen, se cuentan ciertas historias en las que la misma Patrona mostró con todo tipo de señales y portentos, su disgusto ante los intentos de mostrarla ante sus fieles devotos sin sus ricos vestidos. Nos referimos al relato que Leonor de Ortega transmitió a su yerno Blas de Quintana Miguel, sobre el episodio del obispo ―cuyo nombre se omite― que tras ver a la Patrona sin sus vestidos ordenó que de allí en adelante se venerase «desnuda» y que éstos se vendiesen, mandato que finalmente no pudo llevarse a efecto, pues «fue tal y tan grande la tormenta y tempestad de truenos, relámpagos y agua, que creyeron se hundiera el lugar» de manera que haciendo reparo si sería por lo hecho, acudieron a vestirla, momento en el cual cesó la tormenta. Suceso parecido fue el narrado por fray Diego Henríquez en 1714, si bien en esta ocasión la orden del prelado dio lugar a un cambio en el semblante de la imagen, pues «hallaron el alegre resplandor de aquel rostro celestial tan convertido en opaco y melancólico, que no podían sin mucha pena mirarla» razón por cual sus fieles devotos volvieron a vestirla, desoyendo el mandato del obispo.


Esta fotografía, tomada hacia 1922 por Teodoro Maisch, a instancias del obispo don Ángel Marquina Corrales, estuvo precedida de un intento de despojar a la imagen del Pino de sus mantos y trajes. El suceso, como ocurriera siglos atrás, fue rechazado duramente por el vecindario de Teror y los devotos de la Patrona, habituados a venerarla con sus alhajas y postizos. Archivo de Fotografía Histórica de Canarias, FEDAC-Cabildo de Gran Canaria.

Sin duda, para muchos hombres y mujeres del presente siglo XXI, estas costumbres y rituales pueden resultarles trasnochados, fruto de la ignorancia y en no pocos casos, de la superstición o de unas formas de religiosidad propias de un tiempo antiguo y remoto. En la actualidad la contemplación de la Patrona de Gran Canaria sin sus mantos y joyas, no supone ―al menos para una inmensa mayoría de devotos― ningún tipo de acto irreverente o irrespetuoso, siendo muchos los que aplauden la decisión de mostrarla de esta manera. No obstante, en honor a la verdad debemos decir que este cambio de mentalidad no se produjo hasta tiempos relativamente recientes. Sirvan como nuestra, los polémicos y controvertidos episodios vividos en la Villa durante los mandatos de los obispos Marquina Corrales e Infantes Florido, quienes intentaron ―sin conseguirlo― exponer y despojar a la imagen del Pino de sus vestidos y joyas, en consonancia con una devoción más reflexiva y sobria, alejada de excesivos alardes exteriores. Y es que en muchos aspectos, y a pesar de los siglos transcurridos, las mentalidades y formas de religiosidad de los siglos modernos, aún siguen vigentes o lo han estado hasta hace muy poco tiempo.

Gustavo A. Trujillo Yánez

lunes, 13 de agosto de 2012

Destreza, sangre y valor en honor a la Patrona. Notas sobre las fiesta de toros bravos en el Teror del siglo XVII


El culto y la afición al toro tiene unos orígenes remotos. Sirvan como muestra las representaciones artísticas cretenses y etruscas de ‹‹juegos de toros››, o las noticias que se tienen sobre el empleo de estos nobles animales en los circos romanos. En España, a partir del siglo X se volvió a popularizar la lucha contra estos bóvidos, y en el siglo XIII, Alfonso X El Sabio dictó severas leyes por las que declaraba infame al que tuviera que combatir con animales salvajes por dinero, considerando honrosa la lucha con el toro para mostrar el valor personal. Nuestro archipiélago, tras su anexión a la corona castellana, comparte con el resto de españoles la afición por la lidia de toros bravos. Tanto es así que en las fiestas religiosas en honor al Santo Sacramento, Corpus Christi, Pascua, Santa María de Agosto, las fiestas de los Santos o las celebradas en honor a San Juan, nunca faltaron este tipo de actos lúdicos. También fueron empleados para conmemorar acontecimientos profanos, como la coronación de Carlos V, la derrota de los comuneros, tratados de paz, o el nacimiento de nuevos vástagos en la Casa Real, como el caso de Felipe II. En todas estas ocasiones era el Concejo o Ayuntamiento de la isla, el encargado de organizar el espectáculo, sufragado a costa de los bienes de propios. No obstante y al igual que ocurría en la Península, desde al menos el siglo XV, en Canarias también se alzaron voces críticas contra este tipo de sanguinarios y crueles espectáculos. Sirvan como ejemplo las prohibiciones del Obispo don Cristóbal de la Cámara y Murga, a quien se debe la negativa de correr toros en días de fiesta, bajo pena de excomunión mayor y 200 ducados de multa, o la tendente a impedir que los clérigos, cofradías y cabildos eclesiásticos ofrecieran, pidiesen limosnas o comprasen toros, sancionándose en este caso con la excomunión y 2000 maravedíes. También se persiguió la costumbre de celebrar fiestas y corridas de toros en honor a Dios y a los santos, práctica bastante frecuente entre los canarios de los siglos XVI y XVII.

Corrida de toros en Benavente en honor a Felipe El Hermoso. Óleo atribuido al pintor Jacob van Laethem (1506).

Sin embargo, a pesar de tales disposiciones y censuras, con precedentes en el Concilio de Trento (1545-1563) y en Provincial de Toledo (1566), los regocijos con toros bravos estuvieron presentes en los «programas» de actos festivos como los celebrados en honor a la Virgen del Pino. Y es que a pesar de lo dispuesto por el obispo Cámara y Murga en su Sínodo de 1631, la parroquia de Teror continuará financiando la celebración de corridas de toros. Sirva como ejemplo, el sueldo que se pagó a los toreros que actuaron en la fiesta del año 1647:

«Item se descarga con tres reales que dixo haber pagado a dos toreros que truxeron los toros para la celebración de la festividad de Nuestra Señora por Septiembre deste año de 1647».

O el dinero que se le abonó al mozo encargado de guardar los toros que se lidiaron al año siguiente:

«Ytem se descarga con cinco reales que dixo havía pagado a un mosso, guarda de los toros que se lidiaron en dicha festividad de dicho año de 1648».

Corrida de toros en Santa Cruz de Tenerife (h. 1900-1905). Archivo de Fotografía Histórica de Canarias, FEDAC-Cabildo de Gran Canaria.

La manera en que se desarrollaban este tipo de diversiones, de los que fueron muy gustosos nuestros antepasados, no debió de ser muy diferente al modo y manera con que se luchaba contra estos bellos animales en la España del llamado Siglo de Oro. En primer lugar y a falta de una plaza de toros permanente, cualquier espacio abierto hacía las veces de coso taurino, delimitándose éste con barreras de madera o talanqueras. El toreo a caballo, reservado para la clase aristocrática, fue en estos momentos el más difundido, debiendo el caballero clavar un rejón en el cuello del animal. El sacrificio del toro sólo producía en el caso de que el rejoneador se dejara ‹‹ofender›› por el bóvido, teniendo éste la obligación de vengarse y saldar la ofensa, abatiéndolo de una estocada. En el supuesto contrario de que el caballero no fuese ofendido por el bruto, la fiesta finalizaba sin la consumación de la muerte. Era entonces cuando entraban en escena los llamados peones, encargados de inmovilizar al animal desjarretándolo, o lo que es lo mismo, cortando a cuchilladas sus patas por el jarrete o parte posterior de la rodilla, con lo que el noble espectáculo se convertía entonces en una auténtica orgía de sangre. Probablemente, fueron este tipo de toreros que se enfrentaban al toro a pie, y no aquellos que lo hacían sobre la grupa de un caballo, los más usuales en las fiestas de Teror, pues la actuación de los éstos fue más frecuente en la capital del reino y en las grandes ciudades. Con todo, los terorenses del Seiscientos no sólo saciaron su hambre y sed de espectáculo y morbo con la sangre de los toros y probablemente, y en alguna que otra ocasión, con la de los propios toreros. Entre sus aficiones también cabe señalar pasatiempos menos cruentos como los juegos de naipes y bolos, las comedias, los fuegos de artificio, y los bailes o la música de tamboril ejecutados por esclavos negros o «morenos».

Gustavo A. Trujillo Yánez

jueves, 12 de julio de 2012

Origen y difusión del apelativo «del Pino» en la parroquia de Teror (1605-1782)


"Es conocida como la Virgen del Pino, nombre que ha llegado a ser tan popular en la isla de tal manera que muchas jóvenes llevan este apelativo cristiano"

Elizabeth Murray, Recuerdos de Gran Canaria y Tenerife (1859)


Tal como se ha encargado de señalar Vicente Suárez Grimón en su libro Las bajadas de la imagen de Nuestra Señora del Pino a Las Palmas, 1607-1815 (2007), tradicionalmente se ha tendido a analizar la historia de la devoción a la Virgen del Pino desde un punto de vista teleológico, es decir, contemplando su pasado en función de lo que ha sucedido después, llegando a la conclusión de que ‹‹como la devoción y culto a la imagen del Pino es el que es, lo lógico es pensar que siempre ha sido así››.

Otro tanto podría decirse con respecto a la costumbre aún vigente de añadir el apelativo ‹‹del Pino››, en homenaje a la Patrona de la Diócesis de Canarias, a los niños y niñas que a lo largo de los siglos se han bautizado en la Parroquia de Teror. Sin embargo, a pesar de lo popular y frecuente que resulta el empleo de este apelativo cristiano en nuestro municipio, su uso en otros tiempos no estuvo tan generalizado como cabría esperar. Tanto es así, que la primera persona que figura en el primer libro de bautismos (documento que se inicia en el año 1605) con el nombre de ‹‹María del Pino›› no se registra hasta el 29 de marzo de 1673, tratándose en este caso de una esclava adulta de raza negra recién traída desde el continente africano, tal y como reza en la partida de bautismo que a continuación reproducimos y trascribimos:


«En el lugar de Teror veinte y nuebe de marzo de mil seis sientos y setenta y tres años, yo Luis Fernández de Vega, Cura deste dicho lugar, batisé puse óleo y chrisma a María del Pino, negra bosal, esclaba de doña María Pestana, abiéndola antes catequisado y instruido en la fe y dotrina christiana, fue su padrino el lisensiado don Blas Rodrígues, clérigo de menores órdenes y por berdá lo firmé. Luis Fernández de Vega»


Por su parte, la imposición de este sobrenombre a una recién nacida no se produjo hasta el 17 de septiembre de 1679, mientras que el primer niño en recibir tal apelativo fue Juan del Pino, bautizado el 11 de septiembre de 1703:

«En el lugar de Teror, en onse días del mes de septiembre de mill y setecientos y tres años, yo el Bachiller Juan Rodríguez de Quintana, cura deste lugar, baptisé y puse óleo y crisma a Juan del Pino, hijo legítimo de Juan Mateo y de Lusía Gutiérrez. Fue su padrino Xristóbal Hernández, hermano de la madre del bautisado, y se le advirtió el parentesco spiritual. Son todos vesinos deste lugar, doy fe. El dicho Jhoan Rodríguez de Quintana»


Estos dos casos, el de la esclava y el de la niña, constituyen los dos únicos ejemplos constatados durante el siglo XVII. Los primeros 29 años del siglo XVIII siguen la misma pauta, pues serán sólo 3 los niños bautizados de esta manera: María del Pino (18 de agosto de 1707) hija de Lucía, esclava del Capitán don Juan de Quintana y Montesdeoca, y de padre desconocido; el ejemplo ya visto de Juan del Pino (11 de septiembre de 1703) y María del Pino, bautizada el 8 de agosto de 1723. Ya en 1730 son 3 los casos: Francisca del Pino (30 de julio de 1730), Francisca del Pino (14 de septiembre de 1730) y Josefa del Pino (15 de octubre de 1730). A partir de esa fecha, el promedio de niños y niñas a los que se les añade este sobrenombre apenas crece, oscilando entre 1 (1731, 1733, 1739 y 1741) y 4 individuos por año (1744 y 1749), no hallándose ningún sujeto durante 1732, 1734, 1735, 1742, 1746 y 1750. Por lo tanto y como podemos observar, hasta la primera mitad del siglo XVIII el uso del apelativo ‹‹del Pino›› puede calificarse como de poco común o frecuente, por no decir excepcional, llegando a constituir en el mejor de los casos sólo un 4% del total de los nombres registrados. Esta situación permanecerá invariable durante los años 1751 a 1759. Sin embargo, a partir 1760 comenzamos a observar un cambio significativo en la cantidad de párvulos a los que se les añade el sobrenombre ‹‹del Pino››. En 1760 y 1761 el aumento es bastante moderado pues el número de recién nacidos a los que se les impone este apelativo asciende a 7 y 8 respectivamente. Ya en 1762 registramos 13 ejemplos, 20 en 1763, y 12 en 1764. En 1765 la cantidad se eleva a 36, en 1766 a 28, convirtiéndose 1767 en el año de mayor crecimiento en el número de casos, pues ya fueron 59 los niños registrados, llegando a constituir el 47,5% de los nombres observados.

En alguno de estos bautizos participaron personajes destacados en la construcción del actual templo. Así, el 6 de agosto de 1766 fue bautizado el niño Salvador Antonio Estanislao Mª del Pino, por el Tesorero de la Catedral de Santa Ana y Mayordomo principal de la parroquia durante los años 1760 a 1766, don Estanislao de Lugo y Viña, mientras que su padrino fue el Coronel don Antonio de la Rocha, arquitecto y director de las obras del templo. En este caso se trató del primer infante que recibió las aguas bautismales en el recién estrenado baptisterio de la actual iglesia. En otras ocasiones, se escogieron fechas tan señaladas como el regreso de la imagen de Ntra. Sra. del Pino desde la capital. De esta manera, el 8 de abril de 1764 fue bautizada la niña Mª Micaela del Pino, la cual, según anotación del párroco don Lázaro Marrero y Montesdeoca:

«Arrojaron por la noche entre la mucha gente que ocurrió en la venida de Nuestra Señora del Pino, que avían llevado a la ciudad en rogativa, sobre unas piedras (…) la qual niña al parecer tenía dos días, y la remití a los venerables curas del Sagrario»


No fue ésta la única criatura a la que, a pesar de lo poco dudoso y honorable  de su origen, se le impuso este apelativo, pues a los ejemplos ya vistos de las 2 esclavas y de la niña expósita, se une el caso de Silvestre del Pino, hijo de la terorense Ángela Traviesa y de padre no conocido, bautizado el 31 de diciembre de 1767. Finalmente y como nota curiosa, el 17 de febrero de 1782 pasaron por la pila las hermanas gemelas, Antonia del Pino y María del Pino.

Sin duda, el contexto histórico en el que se produce este aumento espectacular en el empleo de este sobrenombre mariano, viene marcado por el auge que adquirió la devoción y culto a la imagen del Pino a lo largo del Setecientos, y coincide cronológicamente en el tiempo con acontecimientos tales como el inicio de las obras de construcción y posterior inauguración de la actual Basílica (1760-1767), las bajadas de la imagen a Las Palmas durante los años 1762 y 1764, o la concesión por parte del Rey Carlos III de 126 fanegas de tierra en la Montaña de Doramas y Barranco del Rapador, el 19 de noviembre de 1767. Con todo, esta ‹‹fiebre›› por imponer al nombre de los niños el apelativo ‹‹del Pino›› no surgió de forma espontánea, antes al contrario, el uso cada vez más generalizado de este sobrenombre se debe al interés mostrado por el prelado don Francisco Delgado y Venegas, el cual:

«Se lastimaba de ver que todas las niñas que confirmaba y les avían puesto en su bautismo el nombre de María, no fuera con el epíteto del Pino, como más de una vez lo manifestó. Y se extendió este reverente sentimiento en el lugar, de manera que hasta a los hombres se lo añaden al nombre que eligen quando los bautizan desde que percibieron esta noticia»


A partir de 1768 y hasta 1782, la cantidad de párvulos a los que se les impone el sobrenombre aludido, oscila entre los 18 registrados en 1781 y los 59 constatados en 1768. Desconocemos la posterior evolución del apelativo ‹‹del Pino›› en los años finales del siglo XVIII y durante los siglos XIX y XX. Por el momento, contamos con el dato que nos aporta la viajera británica Elizabeth Murray en su libro Recuerdos de Gran Canaria y Tenerife (1859) en el que podemos comprobar como éste llegó a popularizarse no sólo en Teror sino en el resto de Gran Canaria ‹‹de tal manera que muchas jóvenes llevan este apelativo cristiano››. De todas maneras, si algo queda claro fue el predominio del sobrenombre ‹‹del Pino›› con respecto al empleo de los relativos a otras advocaciones marianas radicadas en la Parroquia de Teror, como fueron los casos de la Ntra. Sra. de Candelaria, del Rosario y de la Encarnación –cuyas imágenes se veneraban en la Parroquia de Teror– o el de Nuestra Señora de las Nieves, cuya ermita se encuentra en el lugar conocido como La Peña, en el barrio de El Palmar, desde el siglo XVI.

miércoles, 6 de junio de 2012

Notas históricas del Corpus Christi terorense


La Hermandad de esclavos del Santísimo Sacramento


La festividad del Corpus Christi es una de las celebraciones más antiguas de Canarias. Instaurada como Fiesta Universal de la Iglesia por el Papa Urbano IV, en 1264, su finalidad fue la de proclamar la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, en una época en la que se extendieron las herejías que ponían en duda la doctrina de la transubstanciación. Sin embargo, no fue hasta el Concilio de Trento de 1551, cuando la fiesta del Corpus adquirió el rango que hoy ocupa dentro de la Iglesia Católica, convirtiéndose en el símbolo principal de la Contrarreforma contra la herejía protestante. En Teror la conmemoración de la Sagrada Eucaristía es también muy temprana, pudiéndose datar desde el siglo XVI. Así, en 1570 se anota el pago de 5300 maravedís en el gasto de las fiestas del Corpus Christi. La fiesta del Corpus se llevaba a cabo conforme a un ceremonial codificado o preestablecido, cuyo hito principal fue el de la procesión de la Sagrada Forma por las calles de la ciudad o localidad de turno. En el caso de Teror, la devoción por el Santísimo Sacramento se materializó en la creación de una cofradía y una hermandad, denominada Hermandad de esclavos del Santísimo Sacramento. Esta última fue fundada en 1665, tal como consta en su libro de cuentas, custodiado en el archivo parroquial de Teror.

Medalla de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Teror. Dibujo de Manuel Pícar y Morales, 1901.

Precisamente, este documento nos aporta noticias interesantes sobre la celebración del Corpus en la localidad de Teror durante los siglos XVII y XVIII, pues contiene en sus primeras páginas las normas o constituciones por las que debían guiarse los miembros de la citada congregación. Dichas ordenanzas fueron reformadas y moderadas en 1739, debido a la escasez de caudales y también a la «poca aplicación y solisitud» de algunos de los hermanos, según consta el mentado documento fundacional. El total de normas o mandatos asciende a diecinueve, permitiéndonos ―como ya hemos señalado― conocer algunos aspectos del Corpus terorense durante la Edad Moderna. La primera de sus constituciones hace referencia a los cargos que ostentaban la dirección de la hermandad. De esta manera, a la cabeza de ésta se encontraba el hermano mayor o presidente de la asociación. Le acompañaban el consiliario, encargado de hacer cumplir las reglas, un secretario que se ocupaba de escribir las actas, y el mayordomo, a quien correspondía la administración de los fondos de la hermandad. La duración en el cargo era de un año, llevándose a cabo la elección entre los miembros de la propia comunidad, mediante votos secretos, el domingo infra octavo del Corpus Christi. La condición de hermano o esclavo estaba abierta a cualquier vecino de la localidad ―fuese hombre o mujer― siendo norma indispensable que estuviesen presentes la totalidad o la mayor parte de los hermanos en el momento del ingreso. La entrada del nuevo miembro se llevaba a cabo conforme a una serie de formalidades, debiendo repetir las siguientes palabras:

«Yo fulano, prometo y me ofresco por esclabo del Santísimo Sacramento del altar y de la Virgen Santísima Nuestra Señora Consebida sin mancha de pecado original en la congregasión que ay en esta yglesia parroquial, y guardaré los estatutos de ella y fidelidad en los ofisios y ministerios que se encargaren. Y en cumplimiento de ello juro que defenderé la Consepsión Ymmaculada de la Virgen Santísima Nuestra Señora sin mancha de pecado original desde el primer instante de su ser; así Dios me ayude y otros santos evangelios».

Una vez dicha esta frase, correspondía al hermano mayor o al consiliario responder con la siguiente: «Si así lo hizieres Dios te ayude y la Virgen Santísima». La pertenencia a esta congregación llevaba aparejado, además, el cumplimiento de una serie de obligaciones. Entre las más importantes cabe destacar la del sostenimiento de la propia hermandad. De esta manera, los hermanos varones debían entregar 5 reales de entrada y un hacha o vela de cera de cuatro libras (unos 1840 gramos) mientras que las mujeres debían abonar la misma cantidad y 1 libra de cera en bruto. Asimismo, los miembros de la congregación debían pagar todos los años 3 reales para la función del Corpus y 1,5 real de plata para la función de la Concepción, empleándose el dinero sobrante en el renuevo de las hachas. Además, todos los domingos del año debían acudir ocho hermanos para pedir limosna. Dicho número tenía su explicación ―según refieren las propias constituciones― por lo distante de los barrios a donde se debía acudir. Recordemos que por aquella época la extensión territorial de nuestro municipio era sensiblemente superior a la de hoy, puesto que Teror y Valleseco formaban parte de un mismo pueblo o jurisdicción hasta su separación, primero política o administrativa en 1842, y posteriormente religiosa en 1846. De esta manera, correspondía al hermano mayor y al secretario el nombramiento de los citados limosneros, cuya elección se hacía cada mes del año. Sobre el papel, nadie podía excusarse de pedir limosna, quedando obligado aquel que no la pidiese el día que le tocase a pagarla «de su volsa y caudal conforme la maior parte que sacare qualquiera de los dichos ocho hermanos».

Alfombras del Corpus en la Calle Real de Teror. Autor desconocido, h. 1940-1950. Archivo de Fotografía Histórica de Canarias, FEDAC-Cabildo de Gran Canaria.

La participación de la hermandad de esclavos no se limitaba a la celebración del Corpus Christi, puesto que también debían asistir todos los domingos terceros de cada mes a la procesión y misa mayor, así como a las procesiones del Jueves y Viernes Santo, y a la festividad de Nuestra Señora de la Concepción. La intervención en las procesiones llevaba aparejado el acatamiento de determinadas normas de etiqueta. Así, los hermanos estaban obligados a asistir ataviados con una loba o sotana colorada, debiendo lucir una cinta azul al cuello de la que colgaba una medalla «con la insignia del Santísimo Sacramento por una parte y por la otra la limpia Consepsión». Asimismo, durante el recorrido debían portar un hacha de 4 libras de cera blanca. También correspondía a dos miembros de la hermandad ir a buscar flores, los cuales debían situarse delante del palio con dos fuentes y toallas al hombro «hechando dichas flores». Por su parte, otros dos esclavos se encargaban de llevar el guión y el estandarte de la hermandad, mientras que la conducción de las varas del palio ―especie de dosel bajo el cual se llevaba procesionalmente el Santísimo Sacramento― estaba reservada a los vecinos de la localidad, a los que se les obligaba a acudir vestidos «con la desensia que corresponde». El traslado del palio suponía una oportunidad para hacer ostentación de la hidalguía o del poder de una determinada familia. En este sentido, parece que el privilegio de llevar las varas del palio estuvo reservado al grupo de poder local y de forma concreta al linaje de los del Toro, según se desprende de la información de hidalguía de don Bernardo Rodríguez del Toro, realizada en 1693. En ella, el octogenario Sebastián Sánchez, vecino de Teror, declara haber visto:

«Como el dicho don Bernardo Rodríguez del Toro que le presenta, sus padres, abuelos, demás ascendientes paternos y maternos y sus deudos y parientes han sido y son personas de toda estimación en esta isla y han ocupado puestos honoríficos y principales de ella, y en este lugar han llevado y llevan las varas del palio en la octava del Corpus, en concurrencia de los hijodalgos notorios».

Precisamente, tenemos constancia del ingreso del citado don Bernardo en calidad de esclavo de la hermandad, el 17 de junio de 1742, lo que viene a reforzar la declaración del mentado testigo. El protocolo y la etiqueta también suponían el cumplimiento de unas normas en el interior del templo. De esta forma, se señalaba la necesidad de que los hermanos concurriesen y formasen asiento «en el cuerpo de la yglesia en dos alas, haciendo bancos para ello». Dichos bancos estaban exclusivamente reservados para los miembros de la comunidad, teniendo preferencia de asiento «el hermano maior al lado derecho y al siniestro el consiliario, y los demás conforme fueren llegando». Finalmente, los componentes de la hermandad estaban comprometidos a asistir ―o sufragar, en caso de pobreza― al sepelio o entierro del resto de esclavos, para lo cual debían acudir «todos con sus opas y hachas a acompañarle en su entierro, llebando el estandarte y saliendo de la dicha yglesia en dos alas con la Crus y cura a casa del difunto y traiéndole quatro hermanos a sus ombros asta la yglesia». Citemos como ejemplo el caso de Francisco Gil, miembro de la hermandad y vecino de El Palmar, que solicitó en 1678, el acompañamiento de su cadáver por «sus hermanos esclavos del Santísimo Sacramento de dicho lugar, como él ha hecho a los que han fallecido».

El obispo Pildain bajo palio. En el Teror de los siglos XVII y XVIII el privilegio de llevar las varas del palio recayó en el linaje local de los del Toro. Autor desconocido, h. 1960-1965. Archivo de Fotografía Histórica de Canarias, FEDAC-Cabildo de Gran Canaria.

La devoción por el Santísimo Sacramento también se encauzó y materializó en los donativos personales de los fieles devotos, quienes en sus últimas disposiciones solían ordenar el pago de cierta cantidad de dinero y otras donaciones con las que sostener el culto a la Sagrada Forma. Sirva como ejemplo el caso de Diego Pérez de Villanueva, patrono de la capilla mayor de la Parroquia de Nuestra Señora del Pino, que en 1611 ordena en su testamento, el pago de una dobla anual por cada misa en la «festividad del Santísimo Sacramento, en su día ochavario» así como una asignación de 10 reales para el aceite de su lámpara. Su hijo, Juan Pérez de Villanueva, también lo tendrá presente, puesto que el 9 de julio de 1649, ordenó la entrega de una botija de aceite para la cofradía del Santísimo Sacramento: «Yten, se le den a la cofradía del Santísimo Sacramento deste lugar, una botija de azeite». En otras ocasiones anotamos el pago de misas. Tal fue el caso de Sebastián Hernández, vecino de los Arbejales, que el 4 de octubre de 1650, señala el pago de «tres misas rezadas al Santísimo Sacramento». Un último ejemplo ―hay muchos más― en el que se percibe la devoción de los terorenses por Jesús Sacramentado, nos lo ofrece el testamento de Juan Domínguez del Río y de su esposa María Suárez de Quintana, quienes en 1741, legaron dos cuartillos de aceite para la lámpara del Santísimo Sacramento, así como el pago de 50 reales.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

ÁLVAREZ, Rosario y SIEMENS, Lothar: La música en la sociedad canaria a través de la historia. Desde el periodo aborigen hasta 1600. Proyecto RALS de Canarias. El Museo Canario y COSIMTE: Las Palmas de Gran Canaria, 2005.

HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel: Fiestas y creencias en Canarias en la edad moderna. Ediciones Idea: Islas Canarias, 2007.


SUÁREZ GRIMÓN, Vicente: «Los aspectos económicos y sociales (ss. XVII-XVIII)» en El Pino. Historia, tradición y espiritualidad canaria. Editorial Prensa Canaria, S.A., Las Palmas de Gran Canaria, 2002, pp. 357-368.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Teror, patrimonio oral y sonoro de Gran Canaria


Romance del estanque derrumbado en Llano Roque

El legado cultural de un pueblo no se limita a sus manifestaciones tangibles ―caso de los monumentos y colecciones de objetos― sino que también comprende tradiciones y locuciones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas de generación en generación. Tales expresiones, agrupadas bajo el calificativo de «patrimonio cultural inmaterial» comprenden formas tan variadas como las artes del espectáculo, los rituales y actos festivos, los conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo, los saberes y técnicas artesanales tradicionales y, por supuesto, las tradiciones y expresiones orales. Dentro de estas últimas, cabe destacar la existencia de una ingente variedad de formas habladas, tales como proverbios, adivinanzas, cuentos, canciones infantiles, cantos y plegarias, así como mitos y leyendas, entre un largo etcétera. La localidad de Teror es relativamente rica en lo que a manifestaciones culturales inmateriales o intangibles se refiere. Sirva como ejemplo destacado el caso de su Rancho de Ánimas, el único ―junto con los de los municipios de Valsequillo y la Aldea de San Nicolás―existente en la isla de Gran Canaria. También es el caso de algunas frases o sentencias populares privativas de nuestra Villa, algunas de las cuales se encuentra ―tal como ha señalado el profesor Gonzalo Ortega Ojeda― en franco proceso de decadencia.

Conscientes de la enorme riqueza de todo este legado, pero también de su extremada fragilidad, iniciamos una nueva sección que bajo el lema de «Teror, patrimonio oral y sonoro de Gran Canaria» pretende registrar y legar para el futuro el mayor número posible de manifestaciones culturales intangibles, conservadas en la memoria de nuestros mayores ―quienes a su vez― las heredaron de sus padres y abuelos. Y lo hacemos con un romance recitado hace pocas semanas por doña María del Pino Alfonso Naranjo ―conocida como Sara― vecina de Teror en el barrio de los Llanos. El relato en cuestión nos narra un suceso que tuvo lugar en nuestra Villa, hace ya más de 61 años, y que impresionó y sobrecogió a todos sus vecinos, hasta el punto de que aún son muchos los que lo recuerdan. Efectivamente, en la noche del martes 16 de enero de 1951, el paraje conocido por Casa Matos, en el barrio de los Arbejales, se sobresaltó con el derrumbamiento de un estanque de mucha capacidad, que arrasó la vivienda del vecino de la localidad, Agustín Jiménez Montesdeoca. Lo aparatoso del accidente, no impidió sin embargo que el humilde labrador ―junto con su esposa y tres hijos― resultara milagrosamente ileso.

Sobre estas líneas una instantánea donde figuran de izquierda a derecha, el párroco de Arbejales, don Faustino Alonso Rodríguez, el labrador don Agustín Jiménez Montesdeoca, así como el resto de miembros de su familia. Tras ellos, la vivienda donde habitaban semi-derruida por los efectos del estanque derrumbado. Fotografía cedida por gentileza de Pepe Déniz.

La prensa de la época nos ofrece más detalles sobre lo acontecido. Así, sabemos que todos los miembros de la familia fueron arrastrados, junto con sus enseres personales, por la furiosa corriente de agua durante un largo trecho. El cabeza de familia y los hijos fueron detenidos por unos árboles que les sirvieron de freno e improvisado refugio, mientras que la esposa fue a parar unos 250 metros corriente abajo. No obstante y como ya señalamos, ninguno de ellos resultó gravemente herido, salvo algunas magulladuras y erosiones. Contaron los desventurados con la ayuda del vecindario, así como con la del párroco don Faustino Alonso Rodríguez, quien intercedió ante las autoridades locales consiguiendo una ayuda de 2500 pesetas, costeadas por el gobernador civil, con las que sufragar la pérdida de la vivienda y del ajuar familiar. Testigo presencial de todo lo sucedido fue una jovencita «Sara» quien con apenas 11 años retuvo para siempre en su memoria ―y sin saber muy bien cómo― el romance improvisado por un tal José Cáceres, quien procedente del barrio aruquense de los Portales dio cuenta de lo sucedido con todo lujo de detalles. Hoy, más de 60 años después y gracias a la inestimable colaboración de «Sara» y de su familia, transcribimos el mentado romance y publicamos la entrevista que mantuvimos con ella hace escaso tiempo. Con ella damos inicio a la primera entrega de esta nueva sección.

Gustavo A. Trujillo Yánez

ENTREVISTA REALIZADA A DOÑA MARÍA DEL PINO ALFONSO NARANJO:


ROMANCE DEL ESTANQUE DERRUMBADO EN LLANO ROQUE:

El pueblo de Llano Roque
Que pertenece a Teror,
Cerca de las diez de la noche
Un tanque se derrumbó.

Cinco personas dormían
En su cama eternamente,
Vino una tromba de agua
Les despertó de repente.

Cuando ya iba nadando
El padre de esa familia,
Lo único que pensaba
Que era una pesadilla.

Cuando ya iba con prisa
Con prisa y sin parar,
Encuentra a sus tres hijitos
Agarrados de un nogal.

Y más faltaba su esposa
Que más lejos fue a parar,
Que no encontró ningún árbol
Donde poderse agarrar.

Cuando estaban todos juntos
Les dieron gracias a Dios,
Por haberles librado
De aquel tremendo apretón.

Al cura de Llano Roque
Lo queremos de verdad,
Que ha dado mucho dinero
Para ropa que comprar.

El señor gobernador
Por lo bien que se ha portado,
Que ha dado mucho dinero
Pa los pobres desgraciados.

Yo me llamo José Cáceres
Y vivo en los Portales,
Tengo una novia en Lo Montero
Que pertenece a Arbejales.

PARA SABER MÁS:

HERNÁNDEZ JIMÉNEZ, Vicente y SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, Julio: Arbejales. Edita EYPASA: Madrid, 1995 (segunda edición).

«Sucesos y sucesillos», periódico La Provincia, jueves 18 de enero de 1951, página quinta.

viernes, 11 de mayo de 2012

Teror y sus primeras imágenes (y IV)


Viene de: Teror y sus primeras imágenes (III)


La imagen que nos ocupa, es ―hecha la excepción de los planos de la iglesia y del casco histórico, trazados por el coronel don Antonio de la Rocha― la de mayor antigüedad de que se tiene noticia, sobre la Basílica del Pino y su entorno. Concebida para decorar las puertas del llamado Armario de la Caridad o Filipino ―perteneciente a la Cofradía del Rosario y custodiado en el Museo Diocesano de Arte Sacro de la Catedral de Canarias― nos presenta, como si de una instantánea se tratara, la actual Basílica del Pino, rodeada por casas de amplias balconadas y precedida por la desparecida pila o fuente de abasto público, constituyendo un documento gráfico de gran valor histórico.


Armario de la caridad o filipino. En una de sus puertas puede  observarse la imagen más antigua que se conoce de la actual Basílica del Pino. Fuente: La Huella y la Senda (2003).

Este sencillo e ingenuo dibujo se encuentra enmarcado en uno de los cuarterones en los que se dividen las puertas del citado armario. Su fondo de color encarnado y con motivos en pan de oro, constituye un ejemplo del gusto que se introduce en Canarias durante la segunda mitad del siglo XVIII, por el empleo de motivos florales o chinescos ―denominados chinoiseries― para ornamentar la superficie de los muebles y enseres de la aristocracia insular.

Vista del lugar de Teror. Cuarterón del armario de la caridad (31 x 27 cm.). Autor de las fotografías: Héctor Vera. 
Propiedad: Museo Diocesano de Arte Sacro de Las Palmas de Gran Canaria. Diócesis de Canarias.

Por lo que se refiere al momento de su realización, debemos tomar como referencia la fecha que figura en el interior del mentado ropero, 1771. De hecho, el icono nos muestra una perspectiva del santuario terorense tal y como debió haber sido antes de las obras de reparación a las que fue sometido a principios del siglo XIX. Es decir, sin la presencia de la balaustrada y los florones que actualmente lo rematan, mientras que el perfil de la espadaña carece de los perillones y la venera que la coronan, así como del ojo de buey que alberga el reloj.


La ilustración que nos ocupa nos permite comprobar que en sus orígenes (si la comparamos con la fotografía de Teodoro Maisch de la década de 1920) la iglesia de Teror carecía de la balaustrada y los florones que actualmente la rematan. Asimismo, el perfil de la espadaña carece de los perillones y la venera que la coronan, así como del ojo de buey sobre el que está colocado el reloj.

Precede la escena la desaparecida pila o fuente de abasto público, situada en la plaza principal y de la que se tiene constancia desde el año 1767, momento en que fue citada por Diego Álvarez de Silva, quien señaló su ubicación delante de la iglesia. Como ha señalado el profesor Vicente Suárez Grimón, en su construcción, probablemente bajo la dirección del coronel don Antonio de la Rocha, gastó la fábrica parroquial unos 380 reales. Años después, concretamente en 1793, la fuente tuvo que haber sido sometida a restauración renuevo, según se desprende de lo anotado por Isidoro Romero y Ceballos, bajo cuyo consejo fue nuevamente fabricada: «En este mes [septiembre] se concluió y estrenó el pilar de agua del abasto público que está en la plaza (…) Y io intervine y dirigí dicha obra».

Antigua pila o fuente de abasto, en la Plaza del Pino.

Arriero transportando mercancías con sus bestias.

Miliciano, sacerdotes y figuras femeninas en la plaza.

Completan la acción los tipos humanos representados, tales como el arriero con sus bestias, el miliciano, el sacerdote, una señora en compañía de su hija o el personaje que figura junto al pilar sosteniendo lo que parece ser un bastón o vara ―quizá la vara de alcalde― ataviados según los cánones y a la moda del momento, lo que sin duda viene a enriquecer, aún más si cabe, esta hermosa viñeta.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

RODRÍGUEZ MARTÍN, Rosa Elvira: «Armario de la caridad o filipino», en La Huella y la Senda, catálogo de la exposición del mismo nombre). Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias – Diócesis de Canarias: Islas Canarias, 2003, pp. 495-496.

TRUJILLO YÁNEZ, Gustavo A.: «Vista del lugar de Teror», en Arte, naturaleza y piedad. Miradas de la Basílica del Pino, catálogo de la exposición del mismo nombre. Anroart Ediciones S.L.: Las Palmas de Gran Canaria, 2010, pp. 133-135.

jueves, 10 de mayo de 2012

Teror y sus primeras imágenes (III)


Viene de: Teror y sus primeras imágenes (II)


En las dos primeras entradas de esta sección dedicada a las primeras imágenes de la localidad de Teror ―anteriores a la invención de la fotografía― mostramos y comentamos de forma muy breve y sucinta, la ubicación de este lugar en los mapas de Leonardo Torriani (1592) y Pedro Agustín del Castillo (1686). En su momento, ya comentamos que en ninguno de los dos casos se hace una representación fidedigna o en detalle de la localidad, ya que de lo que se trataba era de su ubicación geográfica en el mapa de Gran Canaria. No obstante, el simple hecho de que ya aparezca desde fechas tan tempranas nos demuestra que Teror o Terore ―como fue conocido durante el siglo XVI y primeras décadas del XVII― además de ser un lugar con suficiente entidad como para figurar en los citados documentos, es uno de los núcleos de población más antiguos de la isla.

El pino de la Virgen a la entrada del lugar. Dibujo atribuido a Tomás Marín de Cubas, h. 1682. Autor de las fotografías: Fernando Cova del Pino. Propiedad: Biblioteca Pública Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife.

El Pino de la Virgen desde el pie del barranco.

En esta nueva ocasión, los iconos que mostramos nos descubren ―con vocación de fidelidad― la imagen conocida más antigua de nuestra localidad. Nos referimos a los dos dibujos del Pino Santo de Teror, realizados por el historiador Tomás Marín de Cubas, en torno al año 1682, si tomamos como referencia lo señalado por el propio autor en su Historia de las Siete Yslas de Canaria (1687): «dos años antes [de la caída del árbol, en 1684] copié este árbol por dos partes, a la entrada de el lugar i desde el pie del barranco». A pesar de todo, de ambos dibujos no se volvió a tener más conocimiento hasta el año 1990, momento en que fueron hallados en la Biblioteca Pública Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife por el investigador José Barrios García. Así por ejemplo, Ignacio Quintana y Santiago Cazorla, aunque los mencionan en su libro La Virgen del Pino en la historia de Gran Canaria (1971) no pudieron verlos, desconociendo por completo cualquier noticia sobre su paradero.
El valor de ambos iconos es simplemente excepcional, ya que nos muestran la única imagen fidedigna del Pino Santo, ya que el resto de representaciones que se han hecho del árbol no se ajustan a la realidad, pues en su totalidad fueron realizadas muchos años después de su caída, ocurrida el lunes 3 de abril de 1684. De esta manera y gracias al hallazgo de estos dos dibujos, podemos contemplar y hacernos una idea bastante aproximada del aspecto que debió tener este espécimen de pino canario (Pinus canariensis), del que todas las fuentes coinciden en señalar su eminencia y majestuosidad. Un árbol, que al igual que la imagen titular de la parroquia, también era objeto del culto y la veneración de los devotos que acudían a Teror. De esta manera, está documentado el uso de su resina y de sus frutos con fines terapéuticos, pues al parecer ésta fue empleada a modo de emplasto para todo tipo de heridas o llagas, mientras que las piñas solían ser molidas para luego ser tomadas con agua o vino, siendo eficaces en el tratamiento de las llamadas «calenturas» o fiebres. También fueron empleadas como reliquias, para lo cual solían ser engastadas en oro o plata. Estas propiedades medicinales fueron extensivas al agua santa que se dice que brotaba del tronco del Pino, de la que existen todo tipo de noticias y descripciones, llegándose a señalar que fue empleada tanto para ser bebida, como para baños con fines curativos.

Detalle de la puerta principal o del Sol, de la campana y de la cerca o muralla almenada que rodeaba el tronco del Pino de la Virgen.

Otros detalles que nos muestran los iconos es la situación del árbol a escasa distancia de la puerta principal del templo parroquial, una circunstancia que cuenta con el apoyo de las fuentes escritas. Sirva como ejemplo este fragmento de la Topografía de fray José de Sosa (1678): «Estaba este milagroso árbol delante de la puerta principal de la iglesia quatro o seis passos». Esta cercanía del árbol con el templo produjo constantes quebrantos y deterioros en el inmueble. Buena muestra de ello nos lo ofrece la declaración del octogenario natural de Teror, Juan Hernández Ramírez:

«Y save [por] haverlo visto, que las rayses del dicho Pino entraban hasta el altar mayor, porque se acuerda que avriendo la sepultura de Luis de María, que está la primera que está junto a las gradas del altar, descubrieron una raíz tal, que no se pudo cortar ni quitar, que fue [pre]siso hacer la dicha sepultura por un lado. Y que se acuerda como si la viera aora estar verde y fresca».

Detalle del último de los tres dragos del Pino de Teror. Entre sus raíces se cuenta que hubo una pequeña laja o piedresica donde estaban señalados los pies de la Patrona. La tradición señalaba que fue en este lugar donde se apareció de forma milagrosa la imagen de Ntra. Sra. del Pino.

Otro de los detalles que podemos observar nos lo ofrece la campana que colgaba de una de las ramas del árbol y que sabemos que formaba pareja con otra. Precisamente sobre las dos campanas que pendían del pino se hicieron eco algunos de los testigos que depusieron en la Información sobre su caída. De esta manera, el vecino de Teror, Gregorio Hernández, afirmaba que ayudó a sujetar la escalera y a quitar las campanas momentos antes de su fatal caída, resultando ileso durante la operación, pues al tiempo que caía el árbol «tenía el rostro llegado al dicho Pino para haser fuerza para quitar los hierros. Y que el dicho Pino le hiba desviando o rempujando, y el oyendo que estava dando los estrallidos. Y que acabó de quitar el arco y toda la gente de fuera dándole voces que se quitara que el Pino estaba cayendo». Asimismo y al pie del Pino, puede observarse una cerca o muralla almenada, de la que sabemos que fue mandada a levantar en 1629 por el obispo don Cristóbal de la Cámara y Murga, para evitar el expolio del árbol santo. Finalmente, los citados dibujos nos muestran sendas perspectivas de la segunda iglesia que acogió a la imagen del Pino, abierta al culto en torno a los años 1607-1608, hasta 1760, momento en que fue demolida para construir la actual Basílica. Se trataba de un edificio de tres naves, con cuatro pilares circulares en cada una de ellas y cinco arcos. Asimismo, contaba con un presbiterio y dos capillas que flanqueaban el crucero, cubierto con armadura. En definitiva, los dibujos del Pino Santo de Teror y de la segunda iglesia que acogió a la imagen de Nuestra Señora del Pino, son de un valor gráfico y documental incalculable, pues como dijimos más arriba, nos muestran la primera imagen fidedigna del lugar de Teror y de su templo parroquial.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

ALZOLA, José Miguel: «Iconografía de la Virgen del Pino», separata de la Revista El Museo Canario, núms. 73-74, 1960, pp. 51-77.

BARRIOS GARCÍA, José: “Dos dibujos del Pino de Aterure”, en Strenae Emmanvelae Marrero Oblatae, Santa Cruz de Tenerife: Universidad de La Laguna, 1993, Vol. 1, pp. 111-130.

GARCÍA ORTEGA, José: Historia del culto a la venerada imagen de Nuestra Señora del Pino. Librería y tipografía católica: Santa Cruz de Tenerife, 1936.

HERNÁNDEZ SOCORRO, María de los Reyes y CONCEPCIÓN RODRÍGUEZ, José: El patrimonio histórico de la Basílica del Pino de Teror. Cuadernos de Patrimonio Histórico nº 5. Cabildo de Gran Canaria: Las Palmas de Gran Canaria, 2005.

QUINTANA, Ignacio y CAZORLA, Santiago: La Virgen del Pino en la historia de Gran Canaria. Prólogo de Joaquín Artiles. Litografía Saavedra-La Naval: Las Palmas de Gran Canaria, 1971.

SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, Julio: Las iglesias de Nuestra Señora del Pino y las ermitas de Teror. Colección In diebus illis, vol. II. Edita José Sánchez Peñate S.A.: Islas Canarias, 2008.

sábado, 5 de mayo de 2012

La Cruz del Pino Santo de Teror


El paisaje de Teror está salpicado de cruces. La piedad popular las ha dispuesto en las orillas de los caminos, en el borde de los estanques o al filo de empinados precipicios. Generalmente han sido colocadas para señalizar el paraje donde tuvo lugar una muerte violenta o en extrañas circunstancias ―caso de la Cruz del Peñón Chiquito― aunque también han sido erigidas por otro tipo de motivaciones, como ocurre con la denominada Cruz o Monumento de la Cruz Verde, el Humilladero de la Virgen, la Cruz del Siglo o la Cruz de los Caídos, entre otras. Entre estas últimas ―aunque ya desaparecida― cabe mencionar la cruz que señaló el lugar donde la tradición fijó la aparición portentosa de la imagen de Nuestra Señora del Pino. Nos referimos a la Cruz del Pino Santo de Teror, de la que contamos con algunas referencias sobre su transitoria existencia. 

Cruz de madera en el Camarín de la Basílica de Ntra. Sra. del Pino. Sobre esta pequeña cruz se cuenta que fue confeccionada con la madera del Pino Santo de la Virgen, extremo que no estamos en condición de poder confirmar. Fotografía del autor.

Su presencia en el árbol de la aparición reforzó el carácter sagrado que los devotos de la imagen confirieron al lugar donde presuntamente se apareció la Patrona de Gran Canaria. Recordemos, que desde el siglo XVI comenzó a gestarse el relato de su hallazgo prodigioso entre las ramas de un pino, que con el tiempo dio nombre a la advocación. Precisamente, uno de los capítulos más curiosos de esta leyenda piadosa señalaba que en el lugar del hallazgo había tres pequeños dragos de una sola copa ―plantados en el mismo pino― y que entre sus raíces se hallaba una pequeña laja que contenía impresos los pies de la Patrona. Muy pocas fueron las personas que llegaron a ver con sus propios ojos esta extraña reliquia. Movidos por la piedad y, acaso por la curiosidad, se llevaron a cabo dos escaladas al árbol de la aparición. La primera de ellas durante el mandato del obispo Cristóbal de la Cámara y Murga, y la segunda durante el pontificado de Francisco Sánchez de Villanueva. Precisamente fue en alguna de estas dos ocasiones en las que se colocó la cruz a la que nos estamos refiriendo. Sin embargo, las fuentes no se muestran coincidentes en indicar en cuál de las dos referidas escaladas se fijó la cruz en el árbol.  En cambio, parece que las diferentes versiones que existen sobre este episodio coinciden en señalar a un «forastero», concretamente a un «mozo portugués», como al encargado de dejar colocado el mentado símbolo. Añaden algunos de los testigos de la llamada Información de la caída del Pino (1684), que en aquella ocasión el extranjero llevó un clavo para dejar bien sujeta la cruz. Sin embargo, al llegar al lugar escogido el clavo se le cayó, razón por la cual se vio precisado a usar la barrena que llevaba consigo para perforar el tronco del pino. Sea como fuere, la cruz permaneció durante unos cincuenta años en el lugar donde supuestamente tuvo lugar la maravillosa aparición de la imagen titular de la parroquia. Su desaparición tuvo lugar años antes de la caída del Pino Santo, ocurrida el lunes 3 de abril de 1684. Hoy, más de 300 años después, la recordamos y le dedicamos estas breves líneas.

Gustavo A. Trujillo Yánez

 
Posible dibujo de la Cruz del Pino Santo de Teror (detalle). Atribuido a Tomás Marín de Cubas (h. 1682). Autor de la fotografía: Fernando Cova del Pino. Propiedad: Biblioteca Pública Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife.
  
ANEXO: DIFERENTES VERSIONES SOBRE EL ORIGEN DE LA CRUZ DEL PINO SANTO DE TEROR.

Testificación del licenciado don Blas Rodríguez, presbítero y cura de Tejeda (1684):

«Oyó desir a su madre, Gegroria Gil, vesina y natural que fue de dicho lugar, que en tiempo del reverendo señor obispo don Cristóval de la Cámara y Murga, y estando actualmente en este lugar subió al Santo Pino un forastero, que dicen hera portugués. Y volviendo avajo dio rasón que en el Pino, entre unos ramos, los más altos, estaban tres draguitos pequeños, y que en el pie de ellos estaba una laja, y que en ella estaban unas plantas o pies señaladas. Y que este dicho volvió a subir y llebó una cruz hecha de madera para poner en el dicho Pino. Y llebando clavo para clavarla se le cayó el clavo y fijó la dicha cruz con la barrena que llebó para dar barreno. Y save por haverla visto, se alló oy de presente la barrena en el dicho Pino. Y la cruz se havía caydo años ha».

Tomás Marín de Cubas (1687):

«Un señor obispo hizo subir a un moso portuguéz porque no se hallaba quien osase en tanta eminencia ariesgase su vida, i dexó puesta una pequeña cruz a lo alto de este árbol por mandado de el obispo».

Fray Diego Henríquez (1714):

«Subió el otro lo alto del Pino más de doce años después; llevó consigo una pequeña cruz para colocarla arriba; llegó al lugar de la sagrada piedra, registró bien con los ojos lo que no pudo con las manos y pasando de allí a lo más alto del Pino, al ir a fijar la cruz en su remate se halló o sin clavo o sin martillo. Llevó consigo la barrena y viendo que en aquella ocasión solo ella podía suplir la falta, torcióla en la cruz y el Pino, y dejándola de clavo quedó la cruz colocada en lo más alto de aquel excelso árbol».