miércoles, 24 de agosto de 2011

Brujas y hechiceras en la raya de Teror. El caso de María García (II)


Viene de: Brujas y hechiceras en la raya de Teror (I)


Desde su implantación en el año 1478 hasta su abolición definitiva en 1834, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición persiguió con ahínco cualquier tipo de comportamiento o conducta que atentara o pusiera en entredicho la ortodoxia y los dogmas de la Iglesia Católica. Entre los delitos castigados por este tribunal eclesiástico, cobraron especial importancia los procesos seguidos contra mujeres ―y en menor medida contra los varones― acusadas de practicar la brujería o hechicería. Como no podía ser menos, durante los siglos XVII al XIX la jurisdicción de Teror no fue ajena a este fenómeno. En el archivo de El Museo Canario, institución donde se custodian los fondos del Tribunal del Santo Oficio de la Santa Inquisición de Canarias, se conservan algunos estos procesos seguidos contra mujeres naturales de Teror, quienes sufrieron en sus propias carnes todo el rigor y la dureza de esta temida institución. Uno de los casos más antiguos que conocemos fue el de la terorense María García, procesada en 1608 por «hechicería y pacto con el Demonio».
Debemos decir que el ejemplo y circunstancias de María García fueron bastante parecidos al del resto de féminas de la época, acusadas del mismo delito. Por lo general, se trataba de mujeres de condición humilde y que ya soportaban sobre sí otro tipo de «máculas» o «tachas» como la de ser madres solteras, alcahuetas o esclavas. En el caso de María García, comprobamos como a pesar de haberse casado con Juan Estévez, éste acabó repudiándola, argumentando «que andaba con otro hombre», razón por la cual fue encarcelada durante dos largos años. Ante la ausencia del esposo se vio precisada a refugiarse en el hogar materno, donde se ganaba la vida ―según declara ella misma― vendiendo «algunas cosas de comer y amasando». Quizá fue esta ausencia de marido lo que le llevó a convertirse en la manceba o amante del vecino de la localidad Amaro García, una relación que daría como fruto el nacimiento de un hijo ilegítimo, toda vez que el querido acabó por abandonarla para casarse con la terorense María Gutiérrez. Asimismo, no sería descabellado pensar que fue su condición de mujer abandonada y con pocos recursos, lo que la llevaría al ejercicio de todo tipo de ritos y prácticas hechiceras, como medio para ganarse la vida. Tales rituales y sortilegios le eran ampliamente demandados por las mismas personas que ―ironías del destino― acabaron denunciándola ante el Santo Oficio. Y es que la condición de «cristiano viejo» no impedía acudir ―llegado el caso― a las artes de una bruja o hechicera, una vez agotadas otras vías más ortodoxas. En definitiva, María García encarna a la perfección el prototipo del personaje literario de la Celestina, o mujer de «mal vivir». Una verdadera proscrita que vivía al margen de la sociedad, pero a la que sin embargo se solía acudir en busca de consejos y remedios, entre los que cabe destacar todo tipo de asuntos de índole sexual o sentimental. De hecho, entre las culpas que se le achacan se encuentra la siguiente: «Y que la dicha rea [María García] no sólo es mujer de mal vivir, sino que es públicamente alcahueta de mujeres casadas y solteras, juntándolas en su casa con hombres solteros y casados. Y siendo causa de muchas descensiones y de gran escándalo y murmuración».
Y es que efectivamente, parece que fueron las cuestiones de carácter sexual o afectivo las más demandadas por los terorenses del siglo XVII. Así, para conseguir paz con el esposo o pretendiente y lograr que éste no olvidase a su amada, María García sugirió a varias mujeres que cuando les «bajase su regla, tomase[n] de aquella sangre, lavando la camisa donde estuviese. Y le echase[n] de aquello en el vino y se la diesen a beber. Y que con aquello nunca la[s] olvidaría[n]».


María García satisfizo con todo tipo de rituales y sortilegios los anhelos amorosos y los apetitos sexuales de buena parte de los terorenses de los últimos años del siglo XVI y comienzos del XVII.


 Igual de escatológico era el remedio empleado para conseguir el efecto contrario, pues la propia María García, viendo como su amante Amaro García la repudiaba para concertar matrimonio con una vecina del lugar, pidió a Ana García ―hermana del enamorado― que le diese un camisón de éste para sahumarlo «con un poco de mierda» de la futura esposa ―que ella ya tenía guardada― «y que con aquello no se casarían». Otra manera de intentar conseguir el amor incondicional o los favores del hombre amado nos la ofrece la declaración de la negra Antona de Arencibia, quien relató como una ocasión María García le dijo le trajese de Arucas la calavera de un muerto y unas turmas o testículos de un perro «y que las salarían y secarían y las pondrían en las fajas, con lo qual aunque el hombre que quisiesen estuviese en cavo del mundo, le harían venir luego a donde quisieren».
            En otras ocasiones, lo que se buscaba era quitarse de encima o deshacerse de una amante o pretendiente que ya comenzaba a resultar molesta. Tal le sucedió a Serafín Domínguez, que acudió a María García en busca de remedio, pues pretendía desembarazarse de una mujer que estaba «aficionada» de él. Ante tal situación, María García le aconsejó «que tomase un freno [de caballo] y se lo pusiese en su propia natura [pene] diciendo: refrénate bestia fiera» y que con aquello la olvidaría. Otras peticiones consistían en averiguar si el esposo le era fiel a su cónyuge. Así, Catalina Pérez de Villanueva, ante las vejaciones y maltratos de su marido Sebastián de Toro, solicita los servicios de nuestra protagonista, diciéndole que «quería echar unas suertes para ver si su marido estaba amancebado». De esta manera, María García «tomó un harnero y clavó unas tijeras en él. Y tomó de él un anillo que hizo trabar a ésta del otro y dijo algunas palabras que la testigo no entendió», tras lo cual le contestó que era verdad que estaba amancebado.
            Sin embargo, no fueron los amores no correspondidos, el sexo, la lujuria o la pasión irrefrenable, los únicos negocios que atendió la terorense María García. Asuntos más oscuros, como la de provocar la muerte de un recién nacido, se encuentran entre los delitos que se le achacaron. Aunque ésta será una cuestión que abordaremos en una próxima entrega.

Gustavo A. Trujillo Yánez

PARA SABER MÁS:

FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1992.

FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel: Casadas, monjas, rameras y brujas. La olvidada historia de la mujer española en el Renacimiento. Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid, 2005.

MILLARES TORRES, Agustín: Historia General de las Islas Canarias de Agustín Millares Torres, complementada con elaboraciones actuales de diversos especialistas. Cedirca S.L., Las Palmas de Gran Canaria, 1977, t. III, pp. 244-245.


           

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